La imposibilidad de encajar

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Una nota al final del libro Sucumbir (Ediciones Valientes ,2019) de la dibujante española Andrea Ganuza revela algo que de otra manera no se podría leer de forma tan directa. La nota, que es una línea dice: “Dedicado a las que no encajan”. Con la línea al final, en Sucumbir lo que se ha dibujado en los relatos del libro parece una manera de responder a la imposibilidad que se tiene para encajar. Pero, ¿a qué se debe encajar? ¿en qué se encaja? no hay respuestas previsibles en el libro, nada queda explícito, solo otra lista de preguntas-derivadas-que resultan luego de una primera lectura: ¿Cuánto debe someterse, rendirse alguien que no encaja? ¿Hasta dónde se debe ceder para entrar? Estas son preguntas que hago, mientras repaso los cinco relatos de este libro, cada uno episódico, instantáneo, sin una larga extensión-con un espacio designado-cada uno cincelado con una voz menos narrativa y más poética, en presente, que se mezcla entre sí.

El primero de los relatos dibujados tiene la forma de un tulipán, el hecho de dibujar un tulipán o la posibilidad de “dibujar el mundo” como lo expresa la voz en las viñetas, mientras se hace la imagen de un  tulipán que pasa y se adhiere al rostro borrado de una mujer. De este modo, con frases cortas, lo que son apenas recuerdos, aparecen y desaparecen fragmentos íntimos en éste y otros relatos que no están sometidos a una estructura convencional. Cada una de las narraciones se transforma por instantes en poemas, por las formas de recordar y ver. Lo que importa no es lo que se cuenta, es cómo se recuerda, cómo se anuda el presente de la historia con lo que ha sucedido.

Una de las primeras secuencias de Sucumbir

En este Sucumbir lo que sobra es el espectáculo o las acciones rimbombantes, no hay asomo ni promesa de historias monumentales, los lugares donde transcurren los relatos son frágiles, a medio hacer, sin permanencia y parecen que se deshacen, como el sueño, la cama, lo pasajero de una sala de exposiciones, o el estado disoluble de un rave. En cada una de las secuencias y los fragmentos de lo que se cuenta se leen confesiones, actos de liberación sobre algo que sucedió y dejó algún tipo de marca, o está ahí como una esquirla enquistada en la memoria.

Despojada de la convención y de la anécdota que está al servicio de la trama narrativa, en Sucumbir por momentos pasa como en la poesía en cómic, donde el ritmo y la contemplación están primero y las formas gráficas están dibujabas para ser observadas, no solo para contarnos algo sino para expresar sensaciones, para armar piezas más que decir algo directo, para darle forma a aquello no siempre tiene un espacio material. Con personajes sin rostro, y la sutileza al momento de insertar formas gráficas de otros lugares como  las escenas del anime Dragon Ball que aparecen en un cruce de nuevas imágenes para borrar las anteriores, acá todo encaja, se desplaza entre lo que pasó y cómo se recuerda,  y se acomoda para dejar lo justo y ser de otra forma. Así, en las páginas del libro no basta con leer, sino con volver a pasar en las páginas, no para intentar descifrar, para ver cómo fluctúan las imágenes y las ideas. La invitación al lector es a «posar la mirada en las cosas del mundo, fijarse en ella, verlas y leerlas con detenimiento» como lo enseñó John Berger, y lo dibujó Max en una tira que habla de esto. De esa manera desprovista de leer cómics.

Una página donde de cruza el registro personal con la animación japonesa

Algunas de estas sensaciones se pueden además ver en sus otros cómics Todo se derrumba o Mierda, en los que la mirada siempre está puesta en las imágenes de fondo y la voz titilante intenta en la viñetas “capturar instantes mágicos y solitarios”. Una frase de Ganuza que podría ser una definición arbitraria de su trabajo.

Esta muestra del trabajo de Ganuza es también una parte del trabajo de la editorial valenciana, de su propuesta por editar con el suficiente cuidado historietas, con el papel y tinta exactos, haciendo énfasis en los detalles de forma que se subliman a su propuesta de “investigación, desarrollo y difusión sobre lenguajes y autores gráficos, tanto tradicionales como experimentales”. Tal y como está escrito en sus propósitos editoriales, algo que se confirma con en este libro.

Mario Cárdenas
Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Realizó trabajos de promoción de lectura de cómic en el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, la Universidad Eafit y el área cultural del Banco de la República. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura como Revista Arcadia, Revista ElMalpensante, Boletín Bibliográfico del Banco de la República, Revista Bacánika, Revista Corónica, El Espectador, El Heraldo Universo Centro y otros. Premio Simón Bolívar de Periodismo 2018 en la categoría entrevista prensa escrita.

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