«Nos movemos para continuar la historia, para no apagarnos, para que nuestra familia subsista sin importar bajo qué bandera porque venimos de la noche pero no vamos hacia ella, vamos hacia el aire, vamos hacia la luz estruendosa del sol».
—Atrás queda la tierra, Arianna de Sousa-García
Desde su publicación, Persépolis (2000–2003), de la iraní Marjane Satrapi (Rasht, 1969), se ha consolidado como una obra canónica del cómic contemporáneo, no solo por su relevancia estética y su amplia circulación internacional, sino por haber legitimado de manera decisiva la narrativa gráfica testimonial como un dispositivo crítico capaz de articular memoria personal e historia política. A través de una autobiografía gráfica que da cuenta de la experiencia de crecer bajo un régimen teocrático autoritario y de atravesar el exilio, Persépolis también contribuyó a la visibilidad de voces femeninas en un campo históricamente dominado por miradas masculinas, al tiempo que abrió camino en el cómic para las escrituras del yo.
Más de dos décadas después, esta herencia se reconoce en obras como Nido (2023), de la autora venezolana Laura Guarisco (Caracas, 1991), quien desde el presente construye un testimonio gráfico sobre la migración venezolana provocada por la crisis política y social derivada de la prolongación del régimen chavista con la dictadura de Nicolás Maduro. Aunque se trata de una ficción testimonial —y no de una autobiografía estricta—, Nido comparte con Persépolis la voluntad de documentar la vida cotidiana bajo un sistema político opresivo, así como de preservar la memoria de un conflicto en curso cuyas consecuencias humanas aún se están desplegando. Curiosamente, en los últimos días, tanto Venezuela como Irán han estado en el foco de la geopolítica internacional, lo que hace aún más pertinente poner luz sobre ambas obras. Hacer una lectura comparada nos permite identificar rupturas y continuidades en las formas de representación del testimonio gráfico, además de volver sobre la maestría de Persépolis y llamar la atención sobre la circulación editorial limitada que ha tenido Nido, siendo como lo es, una obra contemporánea cuya potencia estética y política exige una mayor atención por parte de la crítica académica, el mercado del libro y el público lector.
Persépolis fue publicada originalmente en cuatro entregas entre los años 2000 y 2003 por L’Association, prestigiosa editorial francesa especializada en bande dessinée —denominación del cómic en la tradición franco-belga—. Una autobiografía en la que Marjane Satrapi reconstruye su infancia, adolescencia y primeros años de adultez en el marco de los acontecimientos históricos que marcaron a Irán a partir de la Revolución Islámica de 1979 y de la guerra entre Irán e Irak durante la década de 1980. La obra, que requirió cerca de cuatro años de trabajo, se estructura en cuatro tomos compuestos por entre ocho y diez capítulos cada uno, lo que permite una narración fragmentaria y progresiva de casi dos décadas de la vida de la autora. Desde su aparición, Persépolis tuvo un impacto inmediato y sostenido, particularmente significativo por tratarse de la ópera prima de una autora hasta entonces desconocida en el campo del cómic y por ser, además, el primer cómic realizado por una autora iraní.
Diversos datos permiten dimensionar su condición de hito: en 2001 obtuvo el Premio al Mejor Guion y el Coup de Cœur al mejor autor revelación en el Festival Internacional de Cómic de Angulema, el reconocimiento más relevante del medio en Europa. A este temprano aval crítico se sumó un notable éxito editorial, con traducciones a más de veinticinco idiomas y una adaptación cinematográfica en forma de largometraje animado estrenada en 2007, codirigida por la propia Satrapi, que fue galardonada con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y nominada al Óscar a Mejor Película de Animación. La propia autora ha señalado la sorpresa que le produjo la recepción de la obra: en una entrevista concedida a Marc Bassets en 2020 y publicada en El País, Satrapi reconocía que durante un tiempo explicó su éxito por el hecho de ser mujer o iraní, pero que con el paso de los años ha llegado a admitir, sin arrogancia, que Persépolis es, simplemente, un buen libro (Satrapi, 2020).
Tras la publicación de Persépolis, Satrapi consolidó una trayectoria artística multidisciplinar que expandió su práctica desde la narrativa gráfica hacia el cine y las artes visuales. En el ámbito del cómic publicó dos libros más, Bordados (2003) y Pollo con ciruelas (2004), y en 2023 coordinó la antología Mujer, vida, libertad, en la que —junto con el politólogo Farid Vahid, el historiador Abbas Milani, ambos iraníes, y el reportero francés Jean-Pierre Perrin— reunió el trabajo de diecisiete autores de cómic que ilustraron las revueltas producidas en Irán tras el asesinato de Mahsa Amini a manos de la denominada «policía de la moral» del régimen. En el campo cinematográfico, dirigió las películas La banda de los Jotas (2013), Las voces (2015) y Radioactiva (2020). En las artes visuales, destaca su exposición monográfica en la galería Jérôme de Noirmont, en París, en 2013. Su trayectoria ha sido reconocida con numerosos galardones, entre los que sobresalen el doctorado honoris causa concedido conjuntamente por la Université Catholique de Louvain y la Katholieke Universiteit Leuven en 2009, su nombramiento como Comandante de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 2015, su elección como miembro de la Academia de Bellas Artes de Francia en 2024 y, ese mismo año, la concesión del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Por su parte, Nido se publicó en 2023 en Colombia bajo el sello de Planeta Cómic y constituye, hasta la fecha, el segundo de los dos únicos cómics dedicados de manera explícita a la crisis política y social venezolana. El primera, Venezuela. Crónicas de Ángel Sastre (2022), también parte del catálogo de la editorial Planeta, es una adaptación al lenguaje del cómic —con guion de Jon Sedano, dibujos de Juancho Vélez y color de Guillermo Fajardo— de diversos trabajos periodísticos realizados por Sastre mientras fue corresponsal en América Latina durante diecisiete años. A diferencia de esta propuesta, Nido es una obra escrita y dibujada íntegramente por Laura Guarisco (Caracas, 1991), historietista y arquitecta, cuya trayectoria vital como migrante atraviesa de forma decisiva la construcción del relato.
El libro narra la travesía de Ángel, un joven arquitecto caraqueño que abandona Venezuela y se exilia en Medellín como consecuencia de la crisis económica y social del país, así como de la represión ejercida por las fuerzas del régimen de Nicolás Maduro contra las protestas estudiantiles de 2017, en las que él participó. Aunque se presenta como una ficción testimonial, Guarisco ha señalado que la historia se nutre de su propia experiencia migratoria en Colombia y de la de varios compatriotas, amigos suyos, que han debido desplazarse hacia distintos países de América Latina. En 2024, Nido fue distinguida con el primer Premio Nacional de Cómic otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia, reconocimiento que el jurado fundamentó en su capacidad para “dar cuenta de un momento histórico […] con un relato real y maduro, una investigación gráfica y una visión amplia de la crisis que estamos viviendo”. En diciembre de 2025 salió a la venta la tercera edición.
La diferencia más evidente entre Persépolis y Nido reside en la forma narrativa que adopta cada obra: mientras la de Satrapi se inscribe explícitamente en la autobiografía gráfica, la de Guarisco adopta la modalidad de una ficción testimonial. Esta distinción, sin embargo, no anula un rasgo fundamental que ambas comparten: la pulsión de sus autoras por dejar constancia de una experiencia vital atravesada por un régimen político restrictivo y violento, en obras que articulan memoria individual e historia colectiva. En Persépolis, esta intención se manifiesta desde las primeras secuencias, tal como ha señalado Hillary L. Chute: la viñeta inicial —un plano cerrado del ojo de una mujer que observa al lector desde detrás del velo islámico, emergiendo de la oscuridad— funciona como una declaración de principios visual y narrativa, en la que la mirada femenina se erige simultáneamente como punto de enunciación y como instancia crítica. En las viñetas siguientes, Satrapi introduce a su alter ego infantil y sitúa el relato en un marco temporal preciso, «Esta soy yo cuando tenía diez años. Era 1980», al tiempo que activa una dimensión simbólica anticipatoria al señalar que no se la ve en la foto de clase por estar «sentada en el extremo izquierdo», aludiendo así al borramiento y la represión de las disidencias políticas tras el triunfo de la Revolución Islámica, de la que eran parte los padres de la autora. Este dispositivo narrativo, señala Chute, articula un desdoblamiento entre la mirada infantil, marcada por la inmediatez de la experiencia, y una conciencia adulta que organiza e interpreta los acontecimientos históricos (Chute, 2010, p. 136). La propia Satrapi ha subrayado que esta especificidad del lenguaje del cómic le permite tomar distancia y decir más con las imágenes que lo que podría con las palabras, por ejemplo, al narrar con humor episodios que, de tener que escribirlos, le resultarían insoportables.

En contraste con esta inscripción explícita en la autobiografía, Nido se construye a partir de una estrategia narrativa diferente. Si bien, antes de Nido, Guarisco ya había autoeditado varios cómics cortos sobre su experiencia migratoria —No me gustan las peceras (2018), Cambur (2019), Papayaaaaa (2021)— que sí fueron autobiográficos, para este proyecto de largo aliento optó conscientemente por narrar la historia a través de un personaje ficticio que, aunque recoge elementos de su propia experiencia vital, sitúa la obra en un registro testimonial distinto al de la autobiografía estricta. En este marco, el personaje protagonista presenta ciertas similitudes con la autora: ambos tienen una licenciatura en arquitectura, residen en Colombia desde finales de la década de 2010 y comparten intereses como el avistamiento de aves y la práctica del senderismo. No obstante, la inspiración principal provino de los estudiantes que participaron en las protestas contra el gobierno venezolano de 2014 y 2017, en particular de aquellos que enfrentaron la represión más violenta como parte de la «primera línea» de manifestantes. Esta imagen, presente en la memoria de la autora y protagonizada mayoritariamente por hombres, inspiró la creación de Ángel, protagonista de Nido. Guarisco subraya, además, que su decisión de no narrar su propia historia responde a una voluntad ética de visibilizar realidades más precarias que la suya, sin por ello negar el impacto del exilio y del llamado «duelo migratorio» que ella misma vivió (Guarisco, 2024). Esta posición se condensa visualmente en la portada del libro, donde Ángel, caminando junto a otros migrantes, se vuelve para observar a una mujer que carga a un bebé y los mira desde la orilla de la carretera, figura que remite a la propia Guarisco, quien, de hecho, se convirtió en madre mientras dibujaba esta historia. De este modo, el desplazamiento del «yo» autobiográfico como eje del testimonio hacia la ficcionalización —estrategia narrativa central en Nido—, como afirma Victoria García, permite interponer una distancia entre el relato y la experiencia traumática que, quizás, de otro modo no podría narrarse (García, 2016, p. 94).

Además de inscribir sus obras en una lógica testimonial, tanto Satrapi como Guarisco asumen una posición política explícita frente a la violencia ejercida por los regímenes que retratan, articulando sus relatos como espacios de denuncia y también de homenaje a las víctimas. En Persépolis, esta dimensión se despliega de manera directa dentro del relato, por ejemplo, cuando el tío Anoosh, militante opositor al régimen fundamentalista iraní, es ejecutado. La recreación de su asesinato constituye una de las escenas más conmovedoras del libro y condensa el sentido político y afectivo de la obra. En el capítulo «Moscú», el diálogo entre Anoosh y Marji —el alter ego infantil de Satrapi— establece un mandato de memoria que atravesará todo el relato: «La memoria de la familia no debe perderse…», le dice él; «¡No lo olvidaré nunca!», responde ella. Este intercambio subraya que la narración no solo documenta lo cotidiano y lo histórico, sino que se compromete activamente con la preservación del legado como forma de resistencia. Como señala Hillary Chute, Persépolis se articula en torno a una práctica ética del «no olvidar», que cuestiona las imágenes y narrativas dominantes de la historia, deslegitimando tanto las versiones incompletas como aquellas que intentan ocultar hechos de violencia (Chute, 2010, p. 136).

En Nido, la condena al régimen y el reconocimiento de las víctimas adoptan una forma menos explícita, pero no por ello menos contundente. La declaración de intenciones aparece de manera directa en la hoja de agradecimientos, donde Guarisco afirma que la obra nace del deseo de «contar nuestra historia de migración», en plural, porque se refiere a ella y también a su pareja. En el desarrollo narrativo, la violencia estatal se hace visible a través de episodios concretos, como la muerte de Carlos, el mejor amigo de Ángel, quien encarna la crítica política más abierta: denuncia la captura de las instituciones por el chavismo y nombra sin ambigüedades la dictadura de Nicolás Maduro. Su asesinato ocurre cuando, en medio de una protesta, decide proteger a un grupo de menores atacados con gases lacrimógenos y chorros de agua a presión desde las tanquetas de la Guardia Nacional Bolivariana. En palabras de la autora, «la historia buscaba conectar con la parte emocional, hacer memoria colectiva sobre una herida que llevan muchos venezolanos» (Guarisco, 2023).

Esta voluntad de denuncia y de preservación de la memoria se complementa, en ambos casos, con dispositivos de contextualización histórica dirigidos a lectores situados fuera del país narrado. A modo de introducción, Persépolis se abre con un texto firmado por David B., historietista francés, que ofrece un amplio recuento histórico del Imperio persa. Esta genealogía abarca desde la invasión árabe del año 642 —que instauró el islam— hasta la caída del régimen del sha Mohammad Reza Pahlavi en 1979, pasando por las invasiones de pueblos asiáticos entre los siglos X y XIV, el renacimiento safávida del siglo XVI, la disputa geopolítica entre Rusia e Inglaterra en el siglo XIX y el golpe de Estado de 1953 orquestado por la CIA. Se trata, en palabras de David B., de «la gran historia que Satrapi heredó», marco desde el cual la autora suma su propio relato, centrado en la narración de dos décadas de conflictos correspondientes a los años setenta y ochenta. Esta inscripción histórica se ve reforzada por decisiones estéticas que remiten a la miniatura persa, lo que permite leer la obra —siguiendo a Marta Simidchieva— como un artefacto Persianate: una forma cultural que reconfigura, en clave visual y contemporánea, tradiciones narrativas de la literatura persa clásica, tales como la centralidad del linaje, la transmisión de la memoria y la articulación del yo dentro de una historia colectiva compartida (Simidchieva, 2017, p. 88).
En Nido, esta operación de contextualización histórica adopta una forma distinta: a modo de notas finales, el libro ofrece información que permite dimensionar la crisis política y social venezolana. Se consignan datos relativos a la depreciación de la moneda, los cortes de electricidad y la intermitencia del servicio de agua, el desabastecimiento de productos básicos y las consecuencias de la represión estatal, que durante las protestas de 2017 dejó más de 165 manifestantes asesinados, más de 15.000 heridos y al menos 1.351 personas encarceladas, algunas de ellas aún privadas de la libertad. Asimismo, se incluyen referencias al contexto colombiano, en particular al drama del desplazamiento forzado interno derivado del conflicto armado. Si en Persépolis la tradición persa se activa principalmente desde lo visual, en Nido el vínculo con la tradición venezolana se articula a través de la música, que aparece como un conector emocional entre el protagonista, su pasado y su experiencia migratoria. Canciones como «Cantares de Navidad», de la Billo’s Caracas Boys, o «El becerrito», de Simón Díaz, funcionan como evocaciones afectivas de un país que «suena de fondo» en los momentos en que Ángel se siente alegre o a salvo, sugiriendo que, la memoria cultural opera como un elemento persistente que media entre la experiencia del exilio y la construcción de una nueva vida en el presente.
Para adentrarnos en el análisis visual de ambas obras, resulta pertinente detenerse en un hecho que, aunque anecdótico en apariencia, resulta significativo desde el punto de vista de las condiciones de producción: tanto Persépolis como Nido constituyen las óperas primas de sus autoras y fueron concebidas bajo el amparo de colectivos de creación de cómic. Marjane Satrapi se formó como dibujante en el Atelier des Vosges de París, un espacio de intercambio y experimentación y del que formaron parte figuras que luego se consolidarían como referentes centrales de la bande dessinée franco-belga, entre ellas, Émile Bravo, Riad Sattouf, Mathieu Sapin, Lewis Trondheim, Christophe Blain y David B. De manera análoga, Guarisco desarrolló Nido como parte de laboratorio de cómic La Chimenea, con sede en Medellín, una incubadora de historietas fundada en 2015 por el también autor de cómics Luis Echavarría que surgió como taller y se consolidó como un espacio de acompañamiento creativo, publicación de antologías y difusión del cómic local. En ambos casos, la inscripción de estas primeras obras en entornos colectivos permite comprender el carácter dialogado y experimental de sus propuestas visuales, así como la influencia de comunidades creativas que no solo acompañaron los procesos formativos de las autoras, sino que también contribuyeron a la configuración de sus lenguajes gráficos iniciales.
Desde una perspectiva formal, Persépolis y Nido comparten el uso de un estilo de dibujo esquemático que, más que constituir una marca exclusivamente autoral, remite a una de las convenciones centrales del lenguaje del cómic. El diseño simple o icónico de los personajes favorece un proceso de identificación directa por parte del lector, en la medida en que estas figuras funcionan como una suerte de «máscara»: al enfrentarnos a una imagen altamente simplificada, «no solo miramos la caricatura; nos convertimos en ella» (McCloud, 1993, p. 46), lo que potencia la inmersión emocional en el relato y en la experiencia narrada. No obstante, la diferencia más visible entre ambas obras reside en el tratamiento del color. Mientras Satrapi opta por un riguroso blanco y negro de altos contrastes —elección en la que resulta evidente la influencia de David B., su mentor—, Guarisco construye Nido a partir de una paleta cromática sostenida, con un uso particularmente significativo del color en los flashbacks situados en Venezuela.

A finales de la década de 1990, cuando Satrapi empezó a trabajar en Persépolis, el uso del blanco y negro era una elección frecuente entre los historietistas independientes y respondía en gran medida a razones económicas y de producción —orientadas a abaratar costos y agilizar los procesos de impresión—; sin embargo, estas limitaciones materiales propiciaron, a su vez, un mayor desarrollo técnico y expresivo, centrado en el trabajo de la línea, el contraste y las tramas como recursos para construir atmósferas visuales densas y potentes. Estas decisiones formales no solo definen un estilo, sino que inciden directamente en la manera en que se narra la experiencia histórica y subjetiva del exilio. Como señala Hillary Chute, la influencia estilística más sólida de Persépolis no proviene únicamente del campo del cómic, sino también del cine expresionista alemán —la propia autora ha mencionado Nosferatu (1922), de F. W. Murnau—, así como de la obra gráfica del artista franco-suizo Félix Vallotton (1865–1925), cuyas xilografías de alto contraste ofrecen un modelo visual claramente reconocible en el trabajo de Satrapi (Chute, 2010, p. 147). En este sentido, el blanco y negro no solo intensifica la violencia política y moral del contexto iraní, sino que también anticipa una subjetividad marcada por la fractura y el desarraigo.
Si Persépolis articula su relato desde una economía cromática austera, Nido propone una estrategia visual opuesta que, sin embargo, cumple una función narrativa igualmente significativa. En contraste con el blanco y negro de Satrapi, Nido se construye íntegramente a color y, aunque mantiene un trazo sencillo, despliega una notable riqueza de detalles. Como señala Scott McCloud, el uso del color en el cómic responde en gran medida a las posibilidades técnicas del autor y al presupuesto del proyecto editorial, pero también introduce un efecto de mayor verosimilitud o realismo en la narración (McCloud, 1993, p. 186). En Nido, este recurso se ve reforzado por un interés sostenido en los paisajes urbanos y en los detalles arquitectónicos, un aspecto que dialoga directamente con la formación profesional de Guarisco como arquitecta. No obstante, la operación visual más significativa se concentra en la representación del pasado, particularmente en los episodios situados en Caracas, donde la paleta cromática se restringe a los colores primarios de la bandera venezolana —amarillo, azul y rojo— sometidos a una resignificación crítica. El amarillo, tradicionalmente asociado a la riqueza nacional, aparece visiblemente desteñido, mientras que el rojo va ganando presencia a medida que avanza el relato, hasta casi cubrir por completo las páginas en los momentos de mayor dramatismo. Este desplazamiento cromático construye un metarrelato visual que refuerza la denuncia de la represión del régimen, inscribiendo la crítica política no solo en la historia contada, sino en la materialidad misma de la imagen.

Estas diferencias formales encuentran su correlato en la manera en que cada obra construye la experiencia del exilio y la transformación del sujeto migrante. En Persépolis, el exilio articula de forma inseparable la dimensión histórica del régimen iraní y la vivencia íntima de Satrapi como adolescente en formación. El envío de Marjane a Viena, con apenas catorce años, marca el inicio de una migración individual hacia Europa que se vive como un tránsito abrupto entre Oriente y Occidente y que, como consecuencia, convierte su adolescencia en una experiencia profundamente solitaria, atravesada por el racismo, los estereotipos culturales y el desarraigo. La joven Marji llega a Austria con la expectativa de encontrar una Europa abierta y secular, pero pronto enfrenta otras formas de violencia simbólica: la exclusión, la precariedad material y la presión por pertenecer. Esta experiencia intensifica la crisis identitaria hasta llevarla a negar su origen —«ser iraní era una pesada carga»— y a quebrar, momentáneamente, el mandato ético transmitido por su tío de preservar la dignidad de su familia. En este sentido, la vivencia de Satrapi dialoga con lo que Gloria Anzaldúa define como el conflicto de la subjetividad fronteriza, en la que «la ambivalencia por el choque de voces da lugar a estados mentales y emocionales de perplejida» y donde «la personalidad dual o múltiple […] está acosada por el desasosiego», producto de habitar simultáneamente marcos culturales coherentes en sí mismos, pero mutuamente incompatibles (Anzaldúa, 2016, p. 136). El exilio transforma así al sujeto en un espacio de fractura: Satrapi ya no se reconoce plenamente ni en Irán ni en Europa, y esta no pertenencia deriva en episodios de depresión e intentos de suicidio. Sin embargo, la migración activa también un proceso de recomposición subjetiva que culmina en la afirmación de una «identidad situada en la frontera» —término que Anzaldúa utiliza originalmente para referirse a las mujeres chicanas de la frontera México–Estados Unidos—, atravesada por la historia, el género y la experiencia migratoria, donde la tensión entre culturas deja de ser únicamente un lugar de pérdida para devenir, también, un espacio de conciencia crítica.

Desde un registro distinto pero complementario, Nido aborda el exilio a partir de la migración masiva y regional que ha desplazado a millones de venezolanos, mayoritariamente dentro del eje Sur–Sur. A diferencia del trayecto individual de Satrapi, la experiencia narrada por Guarisco se construye como un fenómeno colectivo, sin una promesa clara de retorno y marcado por caminatas extensas, el cruce de fronteras terrestres y la inestabilidad económica. No obstante, el relato no se limita a describir el éxodo como cifra o catástrofe social —vale recordar que alrededor de 7,7 millones de personas han salido de Venezuela debido a la crisis, según ACNUR—, sino que indaga en la transformación subjetiva que implica migrar forzadamente. Esta transformación Guarisco la articula a través de la metáfora de la «reinita migratoria», una especie de ave migratoria que durante el invierno llega desde el norte de América a Colombia. En sus palabras: «las aves buscan mejores temperaturas. Vienen unos meses y después regresan. Curiosamente no hacen nido en Colombia y, mientras están acá, pierden sonoridad en su canto y también merma el color de sus plumas» (Guarisco, 2024). Se trata de una imagen con la que quiso representar el hogar no como un lugar fijo, sino como un trayecto inestable. En este sentido, la representación del exilio en Nido redefine al sujeto no solo desde la pérdida —familia, territorio, identidad previa—, sino también desde la posibilidad de un arraigo parcial y de reconstrucción de ciertas esferas de su vida.

En suma, el análisis comparado de Persépolis y Nido revela continuidades en la potencia política del cómic testimonial —como dispositivo para documentar experiencias de opresión, desplazamiento y transformación subjetiva—. Al mismo tiempo, pone de relieve las tensiones que atraviesan las formas y los marcos de circulación del relato gráfico en el presente. Persépolis se ha consolidado como obra canónica del medio, no solo por su impacto estético y narrativo, sino también por haber legitimado la autobiografía gráfica como forma de conocimiento crítico sobre historia, identidad y exilio. Ese legado se refleja en la práctica de autoras como Laura Guarisco, cuyo testimonio —bello y conmovedor—, da forma a un sentimiento que otros creadores y creadoras venezolanas ya han plasmado en libros, canciones y películas. Sin embargo, también vale la pena resaltar que el recorrido editorial y simbólico de Nido expone las limitaciones persistentes en la visibilidad de narrativas periféricas: aunque la obra ha obtenido reconocimientos significativos —entre ellos el Premio Nacional de Novela Gráfica de Colombia 2024—, su circulación ha estado restringida mayormente al mercado colombiano, con escasa presencia en grandes ferias del libro y mínima distribución internacional. En este sentido, la comparación no solo ilumina modos diversos de representar la experiencia migrante y la política del exilio en el lenguaje del cómic, sino que también plantea preguntas urgentes sobre las condiciones de circulación, recepción y canonización de relatos que, como Nido, merecen ocupar espacios centrales en la crítica, los mercados literarios globales y la imaginación de lectores y lectoras más allá de sus geografías de origen.
En días como estos, cuando los conflictos políticos en Irán y Venezuela ocupan de manera sostenida los principales titulares de la prensa internacional y se colocan nuevamente en el centro de las agendas globales, se hace aún más urgente volver a narrativas como las de Persépolis y Nido. Estas obras ofrecen perspectivas profundas sobre los efectos de los regímenes autoritarios y las luchas civiles, al poner en diálogo memoria, migración y resistencia, enriquecen nuestra comprensión de presentes conflictivos y nos recuerdan la relevancia del cómic como espacio de reflexión crítica y testimonio político.
Bibliografía:
Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La frontera: The new mestiza. San Francisco: Aunt Lute Books.
Chute, H. (2010). Graphic women: Life narrative and contemporary comics. Columbia University Press.
García, V. (2016). Testimonio y ficción en la Argentina de la postdictadura: Los relatos del sobreviviente-testigo. Revista Chilena de Literatura, 93, 73–100.
Simidchieva, M. (2017). Marjane Satrapi’s Persepolis through the lens of Persian historiography. International Journal of Persian Literature.
Webgrafía:
Bassets, M. (2020, 16 de febrero). Marjane Satrapi: “Pelearé porque las mujeres puedan llevar velo aunque yo lo deteste”. El País Semanal. https://elpais.com/elpais/2020/02/10/eps/1581354404_348762.html
Bermeo Gamboa, L. C. (2024, 6 de septiembre). Nido, la novela gráfica sobre la odisea de los inmigrantes, escrita e ilustrada por Laura Guarisco. El País (Cali).
https://www.elpais.com.co/cultura/nido-la-novela-grafica-sobre-la-odisea-de-los-inmigrantes-escrita-e-ilustrada-por-laura-guarisco-invitada-al-festival-oiga-mire-lea-0524.html
Torrado, S. (2023, 5 de noviembre). El cómic venezolano también migra. El País Semanal. https://elpais.com/america-colombia/2023-11-02/la-diaspora-venezolana-llega-al-comic.html
