La pieza Durañona: el engranaje distinto de una industria pasada

La llegada de Soy un cobarde y otras historias, una compilación de experimentaciones gráficas realizadas por Leopoldo Durañona en los años sesenta, editada hoy por Sector Editorial es no solo un rescate, sino también un retorno. Demian Urdin recupera las piezas de un pasado artístico industrial y analiza la forma en que estas se resignifican en el presente.

¿Qué salva al arte del olvido? Sin dudas, el reencuentro.

El nombre de Leopoldo Durañona era, para quien escribe, tan solo uno más en el enorme conjunto de engranajes que formaron la maquinaria industrial que supo ser la historieta argentina de la década de los sesenta. Una pieza que destacaba del resto por ser parte de 450 años de Guerra Contra el Imperialismo, la obra de revisionismo histórico que Héctor Germán Oesterheld escribió para el periódico El Descamisado, de la Juventud Peronista, entre 1973 y 1974.

El nombre de Leopoldo Durañona es, hoy, una cosa muy distinta. Todo ello, gracias a un rescate que permitió un primer encuentro. Sector Editorial, el proyecto que expande el universo de la comiquería porteña Sector 2814 hacia la publicación de libros, publicó Soy un cobarde y otras historias, una compilación de trabajos editados e inéditos de Durañona, aparecidos entre 1962 y 1964 en algunas de las más importantes revistas argentinas de la época. Una posibilidad para conocer o reconocer el trazo de un artista trascendental, una habilitación a la lectura.

Sector Editorial rescata la obra de Durañona y habilita el encuentro con nuevos públicos y el reencuentro con aquellos viejos lectores.

En los últimos años, la industria editorial de historietas en Argentina viró una parte importante de su producción hacia la reedición o reimpresión de obras antiguas, de aventuras raras y de historias inconseguibles. Sea que responda al menor costo que representa una reimpresión, que se relacione con un amor honesto por ofrecer estas lecturas a les lectores o a una combinación de ambos factores, la realidad es que cada vez son más las obras de rescate en el listado de «novedades» de la Historieta Argentina.

Mucho se piensa, mucho se discute y mucho se escribe acerca de este tipo de publicaciones. Sobre todo, se abren extensos e interesantes debates acerca de cómo habita este presente una obra que fue pensada para un pasado que ya no existe y al que no se puede retornar. Entonces, esas piezas del pasado que habitan en el hoy, operan como tornillos, tuercas, correas y demás elementos a partir de los cuales pueden reconstruirse, por un ratito, aquellas edades de oro del arte gráfico secuencial nacional.

Con Oesterheld en los guiones, Durañona se luce desde lo gráfico con historias profundas y tajantes.

Con Soy un cobarde, primera historia de la compilación, con guion de Oesterheld, hay un encuentro, un choque con la edad brecciana de nuestra historieta. Una era inaugurada por el dibujante uruguayo y continuada por colegas, alumnos e imitadores hasta el día de hoy. El trazo cortante, áspero y exigente, que obliga a mirar a todos lados, a revisar cada rincón de la viñeta. El contraste entre blancos y negros que explotan de manera intercalada. La tensión en aumento, porque se sabe que algo está por pasar.

Algunos elementos persisten en Herida Mortal y en Partisanos, también guionadas por el autor de El Eternauta y también publicadas en la mítica revista Hora Cero Extra. Sin embargo, con el paso de los cuadros, las viñetas y las páginas, la referencia directa con Alberto Breccia historietista y con Alberto Breccia ilustrador de revistas infantiles se va diluyendo y aparece una identidad propia.

En El Librero, publicada en D´artagnan Álbum número 73, en abril de 1962, y, sobre todo, en Puerto, de Intervalo Álbum número 80 de abril de 1964, Durañona da rienda suelta a sus búsquedas expresionistas, haciéndolas convivir con la objetividad del mundo que rodea a los personajes. Esta coexistencia llega a puntos de alta experimentación gráfica y plástica en los collages del artista, donde los barcos del puerto se arman con trozos de papel y las siluetas dibujadas se montan sobre fotografías en blanco y negro.

El collage, con rastros de una identidad formada en una edad brecciana, protagoniza el arte de Durañona.

En el acto de restauración de Sector Editorial hay también un rescate por un pasado olvidado o, al menos, guardado en un rincón lejano de la memoria colectiva. En El librero puede encontrarse un rastro de este fenómeno. Cuando «Las cuatro pestes» se disponen a concretar una nueva travesura haciendo temblar la escalera de un pintor, los ojos se posicionan en lo que lleva este último en la cabeza. Su gorro, a la vieja usanza, está hecho con un diario. Un diario que Durañona no dibujó, sino que realizó con trozos reales de la sección de clasificados. En ese gesto, una nueva conexión, un nuevo encuentro, una nueva forma en la que aquella historia irrumpe y renace en la actualidad, trayendo con ella rastros sobrevivientes.

El cierre, compuesto por la adaptación libre en ocho entregas de la película El Túnel, basada en la novela del escritor argentino Ernesto Sábato, es nuevamente, un deleite que también llega con la potencia testimoniar una forma de hacer historietas. Habla de una época en la que las revistas buscaban una conexión, un traspaso de la sala de cine a la hoja de papel, un gancho para transformar al espectador en lector en un solo movimiento de continuidad. En esas entregas, publicadas entre el número 928 y 935 de la revista Intervalo Semanal, entre mayo y junio de 1963, Durañona pone la firma. A lo largo de ocho viernes, día en que «aparecía» la revista, Leopoldo configuró un diálogo con ese espectador-lector, poniendo sus propias reglas, volcando gran parte de sus búsquedas, sus inquietudes y su enorme habilidad.

En El Túnel, Durañona muestra la continuidad espectador lector de una época pasada de la historieta.

Soy un cobarde y otras historias posibilita explorar una parte de la estética que la maquinaria productiva de mediados de los sesenta creaba, imaginar cuál era la materia prima que alimentaba esa industria y, sobre todo, a encontrarse con aquellos que se animaron a tensar los límites y a colocar piezas allí donde nadie más se había atrevido a llegar. Durañona, como artista que fue parte de una época, obliga a poner en cuestión aquello que se entiende por historieta, revisar cuáles son sus límites y alcances. Ese pasado tensado, hoy retorna con una nueva luz, con la fuerza de un primer encuentro.

Demian Urdin
Demian Urdin
Estudiante de Antropología Social por la Universidad de Buenos Aires, especializado en el estudio de la Historieta Argentina como construcción patrimonial. Ganador de la Beca de Investigación Boris Spivacow II de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina en el año 2018, donde analizó los procesos históricos de desarrollo del fanzine de historietas y su incorporación al Archivo de la Historieta y el Humor Gráfico Argentinos de esta misma institución. Ha realizado diferentes investigaciones en clave museológica acerca del trabajo del Museo del Humor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aire. Es, además, columnista para diferentes medios gráficos y radiofónicos argentinos donde indaga en el mundo de la historieta, los cómics, las series, el cine y los videojuegos. Fue co-creador y co-conductor del ciclo de entrevistas “Guion y Dibujo: Diálogos de Historieta”. Actualmente, dirige el proyecto de difusión de la historieta latinoamericana "Grafo: Culturas Dibujadas".

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