Jorge González materializa la crónica de Gani Jakupi en Regreso a Kosovo. Una herida en plena cicatrización, una memoria del trauma y una forma de acercar lo lejano. Nuestro editor, Demian Urdin, recorre una de las grandes novelas gráficas de la última década.
Soy hijo de una mujer que tuvo que cuidar de cuatro varones, siendo todavía muy joven y habiendo quedado sola. Juguetes, ropa, útiles escolares, restos de comida y rastros de juegos abandonados por el aburrimiento iban quedando tendidos por el camino de la casa de tres ambientes de Ciudadela en la que vivíamos, al oeste del conurbano bonaerense. Cuando el desorden era absoluto, mi mamá tenía una frase de cabecera, una línea que de ella heredé y que muchas veces repito: «esta casa es Kosovo».
El trabajo de Jorge González ha sido muchas veces relacionado, emparentado gráficamente, con el del italiano Gipi. La convivencia de trazos, texturas y colores que debieran habitar una docena de libros se condensan en una sola obra, en una sola pieza. La capacidad de ambos para recurrir a tantas herramientas y contar sin perder jamás la coherencia estética y narrativa, es de sus mayores virtudes. En ambos hay lugar para el silencio, quizás el momento de sus historias en que más dicen, en que la explosión plástica vale más que cientos de miles de palabras. En Regreso a Kosovo (001 Ediciones, 2014), como en Unahistoria, editada un año antes por Salamandra, una porción importante de los horrores de la guerra, allá y acá en el tiempo, allá y acá en el espacio, no necesitan lectura, sino contemplación.

La obra gráfica de Jorge tiene una particularidad. Existe una proporcionalidad directa entre la enorme cantidad de lectores con les que cuenta en su país natal, Argentina, y la dificultad para conseguir allí algunos de sus libros. Salvo por Llamarada y Dear Patagonia, editados en los últimos años por Hotel de las Ideas y Sector, correspondientemente, el resto de su obras son piezas guardadas con recelo en las bibliotecas de los fieles seguidores. Fueye (La Editorial Común, 2009), El Gran Surubí (Orsai, 2013), Regreso a Kosovo (001 Ediciones, 2014) y ¡Maldito Allende! (ECC, 2015), entre otros, son libros amados por aquellos que tuvimos la suerte de conseguirlos. Por eso, cuando la librería especializada Fábrica de Historietas anunció en sus redes sociales que contaba con stock de Regreso a Kosovo, fuimos muchos los que vieron la posibilidad de tener «uno de los difíciles». En pocos días, se agotaron nuevamente. Este texto es fruto de haber podido conseguir una de esas copias gracias a un querido amigo.
Gani Jakupi es el cronista de esta historia, la persona a cargo del guion. Su voz comienza en Barcelona, territorio de su exilio. A ella se le sumarán las pesadillas, los recuerdos, los miedos y la presencia física en el territorio herido. Todos elementos que permitirán acercarse lo máximo posible a la línea de fuego. Pero esto no es una simple crónica del conflicto.
Durante los cuatrocientos sesenta y ocho días que dura la guerra, Jakupi vivirá dos vidas en una sola. Por un lado, la cotidiana, la de los encuentros de café, la de los nacimientos, la de las vacaciones familiares. Por el otro, la de las muertes, los fusilamientos, la tierra arrasada, los viejos amigos que ya no están y la burocracia internacional.

Para quienes no están formados en la materia, como es mi caso, es excesivamente complicado comprender las causas, las consecuencias, el pasado y el presente de Kosovo. A ello se suma la distancia temporal y espacial. Pero fue también difícil de entenderlas para Gani, guionista y kosovar. En el intento por hacerlo, conduce a una conclusión ya conocida por muchos lectores de historietas. Porque Regreso a Kosovo es un «relato con ese algo de gris, de duro, que tienen las cosas de la realidad, un relato sin buenos ni malos… pero con un villano, un supervillano, el más odioso de todos ¡la guerra!». Las palabras son de Héctor Germán Oesterheld, pero dichas a través de su corresponsal Ernie Pike. La frase icónica, que aparece en 1957, abriendo la historia «Francotiradores», en el primer número de Hora Cero Mensual, se vuelve un marco interpretativo desde el cual posicionarse ante el conflicto, ante el trauma y ante la herida.
«Cuando la guerra le toca a los demás, uno la analiza», dice Jakupi en las primeras páginas. Agrega que uno «intenta comprender las razones que han llevado a ella» y que «el dolor de los demás es un objeto de reflexión». Pero para él, cuyo cuerpo fue impactado por la guerra, el dolor propio es solo eso, dolor. Un sufrimiento que muestra lo absurdo y lo cruel que puede ser ese enemigo invisible que Oesterheld logró limpiar de fanatismos y banderas en sus historietas.
Jorge González acompaña con un juego de opuestos. Algunas páginas alcanzan una negritud similar a cuando se cierran los ojos, pero se siguen percibiendo los destellos del afuera. Otras, en cambio, rebalsan de color. Vivos verdes en los enormes pastizales del campo. Unas pocas viñetas se ahogan en un frío azul. El ocre cruza la obra de manera transversal y se ubica en rostros, en boinas, en los pocos techos de tejas en pie y, sobre todo, en el fuego. En el medio, entre un extremo y el otro, rostros humanos que son solo contornos a lápiz o carbonilla. Lo plástico marca tonos, estados de ánimo, momentos de tensión absoluta y otros en los que permitirse descansar ante tanta destrucción.

La memoria es en Argentina un himno moderno, un clásico contemporáneo. León Gieco condensa en esa canción más de medio siglo de violencias institucionales y, por la potencia propia de todo clásico, permite también enmarcar todo conflicto, por más lejos que esté sucediendo. El comienzo es desgarrador:
Los viejos amores que no están
La ilusión de los que perdieron
Todas las promesas que se van
Y los que en cualquier guerra se cayeron
Todo está guardado en la memoria
Sueño de la vida y de la historia
Jakupi desde los recuerdos que activan esa memoria y González desde las pinceladas, trazos y manchones que le dan forma, hablan de la historia, personal y universal. Acercan un conflicto lejano a partir de un dolor humano para comprender que la casa, mi casa, no fue ni será Kosovo. Pero sí es la casa de Jakupi. Y no alcanza con ponerse a ordenar para sanar lo que en ella se sufrió.
