En 2017, a lo largo de ciento sesenta páginas, miles de lectores desprevenidos asistieron a la llegada del «Indio» Solari al campo de juego de la Historieta Argentina. A pocas horas de su fallecimiento, este texto revisita Escenas del delito americano como un abrazo desde el arte gráfico a todo el pueblo ricotero.
Diego Armando Maradona jugó en el Club Atlético Newell´s Old Boys por tan solo cinco partidos oficiales y dos partidos no oficiales, entre el 9 de septiembre de 1993 y el 1 de febrero de 1994. Convirtió un solo gol, en un amistoso contra Emelec, que no cuenta en los registros. Sin embargo, ese puñado de minutos, que podría catalogarse como intrascendente si se tratara de cualquier otro jugador, representa una de las máximas glorias y uno de los máximos orgullos de la historia rojinegra. El ídolo absoluto, en dos o tres pinceladas, pintó para siempre la memoria leprosa. Yo era muy chico, no tengo recuerdos de ninguno de esos ciento cuarenta y cinco días de Diego en Rosario.
Entre 2017 y 2021, durante trescientas veinte páginas, repartidas en dos libros, Carlos Alberto «Indio» Solari, uno de los mayores poetas populares argentinos y líder de dos de las bandas más importantes de la historia del rock nacional, se cambió de camiseta y jugó en el terreno de la Historieta Argentina. Mostrando en sus guiones retazos de lo mucho que ya había hecho con sus canciones, el «Indio» se sumó a la historia del arte gráfico nacional. A él sí lo vi jugar.
Aunque son conocidas sus ilustraciones, dibujos y pinturas, el primer encuentro del «Indio» con la historieta fue en septiembre de 2017 con Escenas del delito americano, dibujada por Serafín, histórico ilustrador de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. El segundo fue con La vida es una misión secreta, también con Serafín en el arte, editado en junio de 2021. Ambas historias fueron editadas por Sudamericana, parte del sello Penguin Random House.

Escenas del delito americano llegó a mí pocos meses después del lanzamiento, para mi cumpleaños número veintiocho, de la mano de un «ricotero» absoluto, un tipo cuyo perro se llamaba Limón, por la canción del álbum Luzbelito, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda que comandó Solari entre 1976 y 2001. Me matan Limón! narra en primera persona, a lo largo de tres minutos con treinta y cinco segundos, los últimos instantes de vida de Pablo Escobar.
El libro regalado quedó en mi biblioteca, olvidado, hasta este 5 de junio de 2026 que acaba de pasar. Con setenta y siete años y un diagnóstico de Parkinson que destrozó sus últimos tiempos, Carlos «Indio» Solari falleció cerca de las ocho y media de la mañana del viernes.
Incluso siendo ajeno a su poesía, habiendo escuchado sus canciones de rebote y estando ausente en todos sus conciertos, el pesar popular me impactó profundamente y me obligó a pensar en la forma en que su arte había pasado por mi vida. Mi primer recuerdo con el «Indio» y Los Redondos se remonta hasta mediados de los años noventa. Luzbelito, junto con Último bondi a Finisterre, fueron una parte importante de la banda sonora que invadía la casa de mi abuela materna. Lo que llamo «casa» era, en realidad, un conjunto de piezas en un conventillo de San Telmo, creado para albergar a varias familias migrantes enteras al mismo tiempo. Allí, en una de esas habitaciones, vivía mi tía Michi, en aquella época estudiante de Sociología y la persona con el nivel académico más alto en una familia de amas de casa, policías de campo y vendedores ambulantes. Michi es, quizás, la persona por la que estoy hoy escribiendo líneas en una revista especializada en historietas. Fue ella quien me mostró por primera vez El Eternauta, una obra fundamental para su generación de jóvenes e H.I.J.O.S. desencantados con el peronismo menemista, el neoliberalismo y el perdón a los genocidas.

Michi era también «ricotera», de las fieles, hasta que, de a poco, dejó de ir a los recitales. Varios años después entendí el porqué. La vi palidecer en la puerta del Club Obras Sanitarias ante el avance de la policía montada que se acercaba para reprimir la fila que hacíamos esperando para entrar a un recital a beneficio. Ella había estado en ese mismo lugar, pero en abril de 1991, cuando la policía federal detuvo, torturó y asesinó a Walter Bulacio, un fanático de San Lorenzo de Almagro de tan solo diecisiete años que esperaba por ver a su banda favorita: Los Redondos.
La poética del «Indio» fue, en mi familia, un recordatorio de que ciertas luchas no habían sido resueltas con la vuelta de la democracia y que el aparato represivo -ahora encarnado en la maldita policía- gozaba aún de buena salud. Representó, además, la llegada de la poesía a través de una sonoridad conocida: el «rock chabón».
Con la noticia del viernes, y pasadas casi tres décadas de aquellas primeras experiencias, me sumergí en las ciento sesenta páginas que cubren su primer partido jugando para la historieta. Pero, para entrar a la obra, tuve que desprenderme de ciertas costumbres y volver a entender cuál era su campo semántico específico. Al hojearlo por primera vez, pensé que se trataba de un libro ilustrado, antes que de una obra secuencial. Al leerlo, descubrí una historieta casi silente rodeada de poesía, una experiencia más cercana a un álbum de figuritas, en la que tuve que conectar cada texto con su viñeta correspondiente.

En la lectura, me aferré a las referencias para acercarme a los significados. En la obra del «Indio» y Serafín hay conexiones con Moebius, con Ciudad, de Ricardo Barreiro y Juan Giménez, con el Batman de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley, con Enrique Breccia, con el chileno Félix Vega, con Caín, de Barreiro y Eduardo Risso y hasta con las hermanas Wachowski. Un puñado de artistas que, desde la ciencia ficción, se preguntaron por el presente, por el futuro, por el carácter destructor del capitalismo y, sobre todas las cosas, por la Revolución.
Solari narra la experiencia de «El Peregrino», un militante atormentado por los efectos que la lucha contra el sistema ha dejado en su mente y por los que recae en una casa de salud. Semasendhi, director de la institución, hurga en sus sueños gracias a una máquina-calabozo de penetración mental.
Los capítulos se intercalan, mostrando celdas, discotecas, prostíbulos, quirófanos, movilizaciones y basurales. En sus páginas, aparecen alusiones al universo poético y musical de Solari. El mundo cambia por efecto de un nuevo tipo de arma biológica, el «gas coreano», que también aparece en Masacre en el puticlub, del álbum Un baión para el ojo idiota, de 1988. Unos fornidos armados son «fáciles para el gatillo», como aquel que fue un «esclavo sensible y chillón» en Preso en mi ciudad, del disco Oktubre, lanzado en 1986. Los pacientes-reclusos de la historieta son encerrados en una «Mental Grammar Sphere» cargada de un «test para ir al espacio» de su conciencia, una cita directa a la misma canción del segundo álbum de Los Redondos. Una banda musical, liderada por un calvo con anteojos redondos, toca en el Hotel Estatal «una canción para nada ligera» frente a sus jóvenes seguidores disfrazados de margaritas, en referencia directa a las flores que aparecen en el videoclip de la canción De música ligera, de Soda Stereo, banda que durante los ochenta y los noventa fue catalogada como la antítesis de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota por su plasticidad, su orientación comercial y su poco compromiso político.

Envuelta en esta estructura de conexiones infinitas, encontré una historia compleja, profunda y virtuosa. En este escenario apocalíptico, la dupla Solari-Serafín nos presenta un mundo partido en dos. Por un lado, el Edén pulcro, exclusivo, divino y cargado de excesos. Por el otro, los márgenes de las grandes urbes, contaminados, reprimidos y enfermos. Un arriba-abajo similar al de la ya citada Ciudad, de Barreiro y Giménez. Como sucede también en la versión brecciana de El Eternauta de 1969, el mapa planetario separa América del Sur, último bastión de la resistencia, de Europa y Estados Unidos, sistemas opresores y explotadores en su máxima expresión.
En Escenas del delito americano, guionista y dibujante muestran un mundo más preocupado por el parecer que por el ser. Una realidad cargada de escenografías montadas para que no se vea la mugre debajo de la alfombra. Un espejo que devuelve un reflejo monstruoso sobre las propias prácticas, estén más o menos comprometidas con el cambio. En el futuro que muestra la obra, que bien podría ser mañana, hay abusos, excesos, luces chillonas y fuerzas represivas, pero también hay discusiones profundas, acciones colectivas y resistencias.
El «Indio» pasó por la cancha de la historieta mostrando una habilidad intacta para cubrir de poesía un juego que suele jugarse de otro modo. Como en la tramposa justicia de «la mano de dios» de Maradona, Solari rompió algunas reglas para poner, una vez más, metáforas, analogías e imágenes sensoriales profundas y oscuras en un género popular más habituado a la sencillez y la luminosidad.

Al igual que con sus canciones, sus dibujos y sus reflexiones, las historietas del «Indio» Solari exigen la revisita, el reencuentro, la relectura. A partir de ahora, todas esas experiencias serán sin su presencia física.
Son pocas las horas que pasaron desde su partida e insuficientes las conclusiones que podría sacar sobre las consecuencias que esta tendrá para la cultura argentina. Sin embargo, estoy seguro de algo. Para mí, que soy ajeno a la potencia de la poesía ricotera, fue un orgullo tenerlo, aunque sea por un rato, jugando para la Historieta Argentina.
