Líneas crudas para dibujar las tragedias

Para bruno, allá donde esté.

 

Le decía a un amigo que me rompe leer libros sobre perros. No puedo ir más allá. Los tengo que abandonar. Pero no son todos los libros con perros o sobre perros los que me rompen. Son libros en los que los perros mueren, la tragedia se narra, la amistad se acaba. Como método de preservación voy expulsando de mi memoria lo leído. Recién me pasó con Perros de keum Suk Gendry Kim; lo agarré, avancé hasta un punto, tuve que parar. No pude seguir. Los vínculos, la relación rota me abren un trauma. Lo cierto es que vuelvo a esos libros de manera accidental. Hace poco encontré dos en unas librerías de la ciudad: Jim de François Schuiten y Campeón de Jazmín Varela editado por Sigilo. El primero no lo he abierto, lo tengo apilado, intuyendo lo que pasará. El segundo me lo tragué entero, me rompió, sí, pero seguí hasta el final. Y lo leí dos veces más.

Tal vez lo que me impulsó a seguir con Campeón fue su tipo de representación, que se aleja de lo figurativo, y que, pese al foco en los perros, en nuestras relaciones como animales, deja la puerta abierta para ver algo más. La recreación con la rotura evidente, sin el barniz del trazo correcto, sin el efecto de una belleza y limpieza que te engaña y se vuelve complaciente mientras te conduce al abismo. Y esto es así, pese a que la línea de Varela esté a un costado de la figurativo, las formas, personajes y paisajes se vuelven directas gracias al efecto de la deformidad del trazo que propulsa un carácter gestual que nos muestra la forma del horror y de las emociones. Las líneas de Varela entonces están fuera de una normal visual, son crudas y hacen que los detalles se pueden ver con un alejamiento en la amplitud de las páginas que actúan como viñetas enteras. De este modo el libro no es un libro sobre perros o una narración idílica con perros: es un libro sobre la desgracia, la continuidad de una batalla tras y tras otra, un laberinto del cual hay pocas salidas. Sí, suena derrotista, como muchos de esos cómics de Havery Peaker.  Así también es la vida para muchos.

Uno de esos primeros dibujos de Campeón.

Discutía con una gran amiga sobre lo mucho que me molesta el entusiasmo por la pobreza, esa celebración a la pobreza y ese gusto de turista de clase media por ennoblecer la pobreza mientras sea una condición material lejana a la que se le puede señalar con distancia y fascinación. «Allá está dicen»; «Qué lindo, qué encantador vivir mal, no hay como la autenticidad de lo popular y la fantasía de las dificultades materiales». Y no, vivir con condiciones materiales limitadas no es un acto para destacar, si se es pobre, se sufre y se sufre peor. No se es ni mejor ni peor, se sufre hasta para resolver lo más básico. ¿Por qué digo esto ahora? Porque de esa manera está cocido Campeón, las limitaciones económicas amplifican los vínculos frágiles, todo se hace cuesta arriba, todo se complica en medio de las pocas oportunidades. Los problemas siempre están a un metro de distancia. No es una regla, pero por más que se manifieste y se quiera a veces no da.

Campeón y el humano en su corta amistad.

Para explicar un poco más la línea de libro: Campeón, el primer perro que aparece en libro es un perro de la calle que lo vemos vagabundear, de un punto a otro, entre las calles, escarbando, un paseador. El perro aparece como una sombra que se mueve y seguimos, se instala dentro de un tren en Buenos Aires y se queda dormido hasta que la siesta lo lleva a Rosario. Cuando llega a su destino es adoptado por un hombre que lo cuida, le da un hogar, y se dan compañía. Estas frases describen lo que es y era el perro: «Campeón era muy guardián. Tenía cara de persona y eso a la gente le daba miedo»; «El problema era que atacaba a todos los animales». En todo ese problema Campeón vuelve a su laberinto, porque en la pelea con un vecino el hombre que lo cuida intenta salvarlo y lo mata de un palazo que le parte la cabeza. Tragedia. Y luego, cuando el hombre arma un hogar con una mujer, viene otro perro, y otro y otro, y en cada uno el efecto es el mismo que Campeón, el horror que va consumiendo todo, la desgracia que toca la puerta e intenta tragarse el amor de una familia. Así pasa con Dingo, con Quincy, el horror que se posa en la sala de la familia. Pero todo este ciclo se «rompe» cuando la narración da un salto en el tiempo y la herencia de la familia la vemos en un mundo donde las afectaciones se materializan de otro modo. Ahí parece que el libro se vuelve otro.

Esta imagen Campeón mirando al infinito.

Varela en la amplia extensión de libro narra y nos muestra, suprime las palabras para que los silencios nos conduzcan por el paisaje que quiere mostrar. Este es un libro de silencios donde uno asiste como testigo a lo que nos muestra con impacto. Y por más que el libro se pueda leer a cierta velocidad el silencio nos recuerda que debemos hacer la pausa entre esas páginas y, volver, volver atrás para fijarnos mejor.

Este libro de Jazmín Varela sigue una línea trazada por María Luque en La mano de pintor, y Familia de Julia Barata. Una manera de contar, algo que falta y se quiebra en los vínculos, una representación que exige un estilo fuera de toda norma. Todos estos son libros publicados por la misma editorial. Campeón entonces más que un libro sobre perros es la continuidad de unas preguntas; y de un modo de ver.

Mario Cárdenas
Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura. En sus ratos libres se dedica a tomarle fotos a "Caldera" su Bull terrier.

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