Dibujando demonios

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«Dibujar es algo que tiene que salir de tu cuerpo».

Lynda Barry

Todavía no sé qué es lo que más me gusta de las historietas de Lynda Barry (Richland Center, Wisconsin, 1956), si la forma de sus textos, que es una forma de muchas apariencias, o si el dibujo, su manera de dibujar, su sello, su indicidad, tan cercana y volátil al tiempo, que ha usado para pensar el arte creativo, tal y como lo hizo en libros como Syllabus, Making comics o What it is. Me gustan además sus letras, esa rotulación que se agiganta entre las viñetas ocupando más espacios que los dibujos, alternándose entre la cursiva y los bloques mayúsculos, o los pedazos de botones y telas, los recortes y figuras de animales y demonios, o los pedazos de hojas de cuaderno, las formas que dejan sus pinceles, los collages, los plumines, los sellos y las letraspegadas en escarcha. Tal vez lo que me gusta es todo eso en su conjunto, y más, mucho más que no sé cómo explicar. Ese conjunto de sus piezas que se pliegan en las acuarelas de fondo, que se manchan con sus tintas secas, y me devuelven a un lugar que no es el presente, es otro, el de sus historias, pero también el de nuestros recuerdos, o mis recuerdos, que no son los suyos pero ella con sus dibujos y letras, sabe orientar.

Fragmento de la introducción a “Mis cien demonios”.

En una de las viñetas que hace parte de la historia «Mundos perdidos», uno de los tantos demonios que aparece en su libro Mis cien demonios (Reservoir Books, 2020; traducción de Montse Meneses Vilar) puede leerse al final: «¿Quién sabe qué momentos nos convierten en lo que somos? ¿Algunos? ¿Todos? ¿Los que no fueron especiales? » Porque somos, como lo dibuja Barry, la suma de una cantidad de demonios, demonios y fantasmas y recuerdos que tal vez son lo mismo. De eso estamos hechos, en eso se ha cocido la lengua aprendida que le ha dado formas al mapa irregular de la infancia, de esa «zona cero: la infancia como el planeta donde mejor respiramos y donde ocurrieron las cosas más importantes. Una radiación que se niega a desaparecer», como lo escribió Rodrigo Fresán.

Explicaciones sobre el demonio del “Odio”.

En Barry además de lo mencionado arriba, uno siente que lee otras autoras, que en lo que ella dibujó y armó habitan no solo estilos, sino que, por la sinergia de lo que hace y cómo lo hace, en su montaje artesanal y desprovisto de un estructura racional, uno puede encontrar las formas de otras dibujantes como Emil Ferris, Gabrielle Bell o Paola Gaviria (Power Paola), solo por mencionar algunas. Por ejemplo, las resonancias con Ferris son más explícitas, el hecho de que Barry pinte en un blog de notas nos recuerda el maravilloso cuaderno Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books, 2018; traducción de Montse Meneses Vilar) que la autora de Chicago dibujó, pero además, de la similitud del soporte, cada una, dibuja demonios y monstruos a su manera para contarnos mucho más. En el caso de Power Paola, los ejemplos son muchos, el hecho de que la obra gráfica de la artista colombo-ecuatoriana se extienda en muchos formatos y versiones; en cuadernos y espacios que habitan y se expanden en blog de notas, como lo ha hecho en su «Diario visual». En un caso concreto, en Mis cien demonios, Barry dibuja una maravillosa historia, que es la historia de otro de sus demonios dibujados: «Linterna mágica», la historieta sencilla nos habla de aquellas cosas a las que nos apegábamos de niños. No importaba el tipo de cosa, puede ser «una manta, un juguete». Esta historia en particular, tiene ecos y convivencias con una de las primeras páginas de Virus Tropical donde aparece una pequeña Paola narrando la historia con un trapo en la infancia, con el que va de un lado a otro, agarrada a él.

Fragmento de la historia “Linterna mágica” Lynda Barry.

Ahora bien, ¿Qué es Mis cien demonios? No hay una definición sencilla para responder a esa pregunta. Lo que puedo decir es que este libro se ajusta, de manera expresiva y formal a una de las definiciones que escribió el mexicano Ulises Carrión sobre lo que es un libro: «una secuencia de momentos», una secuencia de demonios como lo llama Barry, 17 demonios que son recuerdos, demonios dibujados como momentos, que no son solo narrados como anécdotas, y mucho menos como grandes historias, demonios que son maneras de darle nombre y entender los materiales de los que estamos hechos, las decisiones que han determinado lo que creemos ser, las fugas, los rayones, los cortes, y las pérdidas que cada uno tiene, las huellas del mapa, nuestro mapa personal, que es desde luego un mapa imperfecto con piezas mal encajadas.

Abuso narrado por Lynda Barry.

Mis cien demonios es entonces la manera en que Barry, gracias a su dibujo y su escritura, que son lo mismo en su caso y, todos los casos, usa para hacer una breve exposición de sí misma sin recurrir al atajo de la victimización o el levantamiento de una lista de juicios al otro. Sobre esto último, Barry se expresa con suficiencia, y absoluta honestidad, a la vez que ilumina cada uno de sus demonios, con sus dibujos tejidos por partes falsas y partes verdaderas.

Barry dibujando demonios.

Hace poco el crítico español Gerardo Vilches publicó en su blog una reseña sobre este libro, en su reseña hacía mención en la manera que Barry usa el lenguaje de la historieta; con el cual abre conexiones, hila proximidades, porque el lector que ve y lee sus dibujos, puede percibir lo representado como si le fuera propio, por esa hibridación con otros lenguajes y la horizontalidad que ella dispone. Como decía Vilches: «Esta manera de emplear el lenguaje del cómic y cruzarlo con otros nos habla de una historietista increíble, por mucho que la humildad y horizontalidad con el lector sean parte inherente a su discurso artístico.» Y esta es tal vez, otra de las cosas que más me gusta de sus historietas, la horizontalidad con la que invita a dibujar, como lo hizo ella cuando descubrió el ejercicio de un monje zen del Japón del siglo XVI, y agarró sus pinceles y dibujó sus demonios, para luego invitarnos a dibujar los nuestros.

 

Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura. En sus ratos libres se dedica a tomarle fotos a "Caldera" su Bull terrier.

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