«Nada se cierra nunca del todo»

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«¿Y qué debería estar haciendo yo? ¿Qué puedo hacer? En menos de un año voy a tener dieciocho y seré adulta, una adulta sin más expectativas que la vida en nuestro barrio que se está desintegrando».

La parábola del sembrador Octavia Butler

Todo es inflamable, todo está a punto de arder, hay cosas que arden, unas más rápido que otras, todo se está quemando lentamente, se desintegra, en algún lugar se riega lava en medio de la tierra y las montañas y las cosas como eran, como se conocían, desaparecen y el paisaje alterado es otro, cambia. Todo es inflamable y todo se quemará. Escribo esto remezclando el título de un libro de Gabrielle Bell:Todo es inflamable (La Cúpula, 2020) digo reescribiendo o remezclando pero en realidad estoy parafraseando o alargando la frase.

Hace poco leí que más del 30% de los adultos entre los 25 y 35 años en Colombia aún viven con sus padres o no han salido de la casa materna. No han logrado independizarse. ¿Una generación quemada? Esto es, sin duda, otra de las huellas crónicas de la precarización que arroja el capital. Adultos formados en exceso, llenos de credenciales y títulos a los cuales no les alcanza para sostenerse por fuera de la zona segura. Profesionales universitarios que se refugian en un nuevo posgrado, evitando, con la zona segura de los estudios superiores, la incertidumbre laboral y los pagos precarios que, si tienen suerte, lograrán a migajas.

Este es un mundo que ha transformado a los obreros en mercenarios. A los profesionales por contrato en mercenarios. Una vida adulta sin expectativas. Costos de arrendamiento en niveles absurdos. Incertidumbre por todo lado. Expectativas en el piso. Todo es inflamable.

Una página de “Todo es inflamable”.

Recuerdo todo esto como combustible porque en el libro de Bell se escucha un eco de algo similar, una sombra espesa que se ha vuelto común. Una manera de vivir ahora. No a la deriva, pues la deriva insinúa un cauce, un lugar a dónde ir, vivimos ahora en emergencia, ni de paso, vivimos en una contingencia extendida. Y aunque su historieta no apunte de forma directa a los problemas mencionados, los bordea porque hacen parte de la misma zona inflamable.

Bell, en esta autobiografía va delineando su crónica personal y familiar, en los apuntes de su diario y los viajes a California, con un conducto que une los momentos representados: la lenta y prolongada restauración de la casa de su mamá que se quemó. O fue quemada.

Esta historieta, armada como un diario con postales manchadas, derivan en una colección de las cosas que creemos no son visibles en nuestras vidas como el escurreplatos que aparece para darle algo de orden a la casa de la mamá de Bell, el recuerdo borroso de unos gatos fantasmas, los billetes arrugados que son usados para pagar algo, la estufa que falta, la casa sin ventanas; todos esos objetos y momentos que se suman a la precariedad que anuda cada uno de los episodios en los que siempre algo está dañado, y hay algo a reparar, hay algo que los mata, hay algo que falta como las ventanas de una casa prefabricada o un lugar para que viva el viajero de paso.

Bell y los animales.

Bell, con su estilo conocido, de planos enteros y abiertos en los que todo cabe, y que ha usado para contar lo que pasa en su vida y un poco a su alrededor en libros como Afortunada (La Cúpula, 2008), Voyerus (La Cúpula 2017), hace de la autobiografía algo más que un anecdotario que desliza una épica, lo suyo, lo que ha dibujado en su obra gráfica, destila, incluyendo este trabajo, una suerte de estado mental en unas viñetas que lo comprimen todo, y que asfixian por momentos. Su trabajo gráfico es todo lo contrario a las bellas fotografías que dejamos en redes como Instagram, ¿Acaso es algo intencional? Parece que sí, la respuesta se esconde en lectura que hace Bell de Modos de ver de John Berger, acuñando una respuesta que se explaya en este libro en el que no hay espacio para el Glamour, porque nada brilla acá, todo además de quemarse se oscurece, es por eso que ella no constituye un objeto narrativo para la envidia, ni imágenes, ni momentos atractivos, que es lo que hace el Glamour, porque si todo se está quemando la mirada se sitúa en otro lugar, en un lugar de imágenes poco fascinantes. Y esas son las de este libro, un libro que expone la relación de una madre y una hija, una relación de maternidad que está por fuera de todo rango.

Gabrielle Bell al inicio de su diario.

Podríamos decir además que Todo es inflamable es también un libro sobre una casa, esto es claro y es más que evidente, una casa quemada que se rehace, o la rehacen como se puede al igual que la vida y los recuerdos de Bell y los de su mamá: Maggie, recuerdos y errores que transitan entre sus conversaciones que no van a ningún lugar, bien sea por insoportables o porque no hay mucho que reparar. Con ese punto de la casa quemada y su restauración, y la aparición de otros remiendos y pedazos de lo destruido, cobran formas los detalles, que no son, como trato de decir, un acumulado de relatos épicos, ni bellas imágenes, ni de historias entretenidas o cosas atractivas. Todo lo contrario,  acá, en este diario nada es sorprendente, y esto no lo escribo para restarle valor, ella, la dibujante en su diario con su despliegue biográfico nos va invitando a pasar a un estado natural de las cosas, unas cosas que de cerca, muy de cerca, no son normales, son apenas simples y mohosas, son más sucias de lo que parecen, porque están vivas, y como escribió en alguna parte el escritor chileno Roberto Bolaño «El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio. Esa es nuestra suerte». Tal vez por eso sus representaciones gráficas no se estancan en la mirada bella de lo mínimo o la epifanía restauradora, son en cambio: una serie de accidentes, de malos días, de errores, de relatos marginados, de vidas sin suerte. En fin, son la derrota.

Este diario tiene un final, que no es precisamente un final con la casa restaurada, pero sí ampliada, o un final con el mundo resuelto, su final que es abierto, es el de un diario sin resolución que queda suelto con algunas imágenes en el inicio de un nuevo verano: algunos globos de pensamiento que le flotan a Bell en una noche de insomnio, algunas malas noticias (porque siempre algo se quema y se quemará), el viaje a pie que hace Bell en el que se encuentra con un perro, hasta una última viñeta, con ella, de espaldas en una bañera, intentando, entre el agua, aunque sea por un instante, cerrar algo, aunque como ella lo escribió: «Nada se cierra nunca del todo».

Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura. En sus ratos libres se dedica a tomarle fotos a "Caldera" su Bull terrier.

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