En la soledad de un dibujante

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De esa primera impresión que tuve cuando leí los primeros cómics autoconclusivos de Adrian Tomine publicados en español como Sonámbulo y otras historias (La cúpula, 2019) y Rubia de verano (La cúpula, 2005) a las sensaciones que me dejó la lectura de (The Loneliness Of The Long-Distance Cartoonist, Drawn & Quarterly) en español La soledad del dibujante (Sapristi, 2020), hay no solo distancia entre ese primer Tomine, con clara influencia de Dan Clowes y Jaime Hernández, y que se me hacía similar a un Carver gráfico, a lo que se puede leer en estas historietas cortas que desnuda con ironía y burla lo que no se ve, lo que hay detrás de su oficio, de su obsesión por los cómics, pero también de su vida como dibujante que tiene más tropiezos y grietas de las que uno puede imaginar.

Diseño original de “The Loneliness of the Long-Distance Cartoonist” publicado por Drawn & Quarterly.

Y es que he estado pensado por qué este libro, galardonado este año con dos Premios Eisner (Mejor cómic autobiográfico y Mejor diseño editorial) es una pieza que uno quisiera llevar siempre, a todo lado, no solo por su forma y belleza: un cuaderno de bocetos con hojas cuadriculadas, un moleskine ya trazado con las historias del dibujante, sino porque es un respiro, un desliz, que deja de lado toda instrumentalización, toda inmediatez o frase hecha, para dar forma y lugar a los elementos que traen artefactos que no son un diario como tal, como las Prosas apátridas de Julio Ramón Rybeiro, libros en los que uno puede entrar y abrir una páginas y aislarse, exiliarse de tanto ruido, obviedad y subrayado.

En Fresno en un su primera día de escuela.

Más allá que uno sea dibujante o no, o lector de historietas, las pequeñas historias, fechadas con tiempo y ciudad, te hablan directo, porque son un espejo en el que uno puede verse y burlarse de sí, y de lo que le pasó a Tomine, o le pasa cada vez que uno lo vuelve a leer. Lo cual es además refrescante en esta narración que expulsa toda queja dramática, pues burlarse de uno mismo, de lo que se hace, es una de la formas de bajar la tensión y refrescar el relato. Para explicar esto mejor, lo que hace Tomine en el retrato de sí mismo, un perfil episódico, que tiene como primer punto de entrada un instante en su infancia en el que narra su llegada al colegio y los malentendidos que surgen por ser un lector de cómics, pasando por algunos momentos en su camino solitario de dibujante, siguiendo, con distancia, esa línea de historieta de no ficción que abrió Harvey Pekar o Robert Crumb, sin acudir a trucos lacrimosos, o las salidas fáciles del “SuperYo” que señaló Fisher, siendo un traficante de su dolor, o describiendo el ascenso mágico de un dibujante que todo lo logra, pues, eso no es lo suficiente y de eso no se trata. En ese sentido Tomine no hace uso del fácil relato de la resiliencia-me disculpo por usar ese concepto vacío que nos arrojaron los Coachs– con él como dibujante manoteado en su infancia y luego ascendiendo, con sacrificio y talento a lo más alto, no, esto es más una desventura, un revés de la trama en su oficio que es tan importante como cualquier otro. Tan insignificante como cualquier otro.

Tomine leyendo una crítica a su trabajo publicada en “The Comic Journal”.

Tal vez la mejor descripción que leí hace poco sobre lo que somos los seres humanos es esta: «Somos unos primates ansiosos». ¿Qué tiene que ver eso con el libro de un dibujante de historietas? Poco o nada, pero a mí se me antoja que bordea en algo lo que dibujó Tomine, la ansiedad, la neurosis que describe, que es la de él pero es la de muchos, la de todos, artistas o no, que en medio de la explotación del sí, que como vendedores de contenidos o no, nos movemos en ese lindero con la depresión en una mano y la precarización en otra. Aunque me desvíe de la historieta, en ella se gira el foco, a algo contrario al éxito, y es el fracaso, que es lo contrario a ese relato del éxito que vehicula el capitalismo, Tomine en su muestra de sí, sin guardarse nada, despoja su historia personal de todo brillo, se baja de la cima y, de paso, a todo que está a su lado, para dejar una mínima evidencia de lo poco importante que es él y lo que hace, no solo por ser un dibujante de historietas como lo advierte el epígrafe de Clowes al inicio sino porque en un tiempo donde cualquiera puede ser famoso, con mucho o con poco, eso que se es o eso que se cree ser es una futilidad que se pierde en la inmensidad de un mundo con demasiados líos diarios. De modo que no es accidental, aunque parezca anecdótico, ver a Seth y Tomine como invitados a firmar libros en un evento al que no va nadie, o ver llegar a Tomine, a una Comic-Con atestada de gente a la que poco le importa pasar a firmar sus libros. Además ahí están Jaime Hernández y Chris Ware, como invitados en un crucero lleno de viajantes a los que les da igual su presencia, y así, otra serie de momentos que describen la insignificancia de la existencia, lo mucho que se es importante para algún fanático y lo poco que se es para otros, para la gran mayoría, al final, y a pesar de tanta ansiedad, se es un extraño, un desconocido en lo que se hace. Por eso, además de soledad, lo que se expone es la no existencia, el borrado, y los accidentes que narra Tomine describen su vida y lo poco importantes que somos en un universo en el que los humanos –una manada de primates ansiosos-, somos apenas motas de polvo que aparecen y desaparecen. Acá de nuevo está la sombra de Peaker, del obrero, del prole que narra, como Tomine, que no se ahorra dibujarse con diarrea luego de una entrevista o ser abordado en Tokio por una lectora que le pide, con insistencia, que firme un ejemplar de Ghost World. De modo que, en sus miedos, a través de su perfil, se delinea con sus pictogramas el telón que hay detrás de un dibujante que ha firmado varias tapas de The New Yorker, quedando eso –algo con lo que otros presumirían hasta el cansancio- reducido a un estado mínimo, sin vanidades, o por lo menos, clausuradas.

Un encuentro desafortunado en una firma de libros en Tokio.

Volviendo a la forma, al formato, al cuaderno que Tomine saca por primera vez en una de las historias finales para escribir, no para dibujar, una carta a su familia, su elección, sutil y a la vez de una contundencia brillante, recrea la ilusión de, que al leer, estamos leyendo su cuaderno original. Su material es el que uno porta, un tránsito entre el borrador y el original. Algo que cobra forma en una de las páginas finales cuando Tomine inicia la primera página de la historia que hemos leído, cerrando con esas últimas líneas y los bocetos de viñetas, su historia que, gracias a ese detalle, nos remite al inicio. Además, la elección de hojas con cuadrículas, le dan, al paso de las páginas, una suerte de retícula que está en la hoja dibujada, sumado al detalle a lápiz que describe su biografía, y así, las seis viñetas por página pareciera que se salen de la superficie de la cuadrícula de la hoja, todo esto proyectando con los dibujos, la precisión mimética entre viñeta y la armonía que disparan los detalles de sus representaciones.    

Las insufribles convecciones y festivales de cómic.

Con esta Soledad del dibujante Tomine recrea la cara oculta de un mundo lleno de seguidores, o de personas a las que poco les importa lo que él hace, de opiniones poco indispensables, de malentendidos que con la suficiencia de su estilo y su trazo depurado se reflejan en las páginas que parecen recién dibujadas. Hay desde luego mucho más en este libro, otros detalles, otras líneas no mencionadas que cada quien podrá descubrir a su manera: anécdotas con críticos y premios, la recreación de momentos poco memorables, y más, que en esta versión biográfica de un dibujante se pliega para mostramos con su trazo lo que el mundo siempre ha sido: una broma y una farsa. Es lo que hay.

Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura. En sus ratos libres se dedica a tomarle fotos a "Caldera" su Bull terrier.
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