Todos somos los monstruos

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En una de las cintas magnetofónicas  donde Karen Reyes escucha a una sombría Anka Silverberg, aparece la voz de la hermosa mujer -que ha muerto hace unos días de forma repentina- narrando su pasado espeluznante. La voz de Anka suena y revela un testimonio extraviado que aparece en medio de los dibujos de las mujeres del burdel que fueron asesinadas en el holocausto nazi  diciendo: «Está claro que cuando los libros de historia hablan de los grupos asesinados por los nazis, nunca citan a las prostitutas. Seguro que mencionar sus muertes se considera una mancha para las otras víctimas. La opinión general es que su vida no vale nada. Creo que es más que baja autoestima, el mundo odia a cualquiera que nos acepte a nosotros, a nuestros cuerpos y a nuestros deseos secretos, eso es lo que me enseñaron las chicas: a aceptar las cosas despreciadas».

Esta y otras confesiones de Anka son el marco de sus misteriosas convicciones, las derivas sonoras de su tragedia, que son más que una pista, son el puzle de un pasado fantasmal que devela quién la pudo asesinar y que delimita además de los traumas, su vida, las experiencias de Karen, de todos los personajes; de su  padre- el hombre invisible, su hermano Deeze, su madre enferma y sus amigos Franklin y Sandy, los licántropos, engendros y  otros demonios que habitan un mundo y un terreno espectral que Emil Ferris retrata en su celebrado diario gráfico Lo que más me gustan son los monstruos. Un libro que a través de recursos narrativos rudimentarios, va dando imagen a la complejidad de personajes y monstruos y que como ha dicho Ferris: «Como los monstruos, somos criaturas motivadas por el hambre. Pero también, como los monstruos, somos capaces de misericordia y amor. Las vidas de los monstruos como Drácula, Frankestein y El hombre lobo de Lon Chaney Jr. son vidas tan torturadas y, sin embargo,  tan desamparadas y hermosas como el Nuevo México de mis padres, como los forasteros, como las personas que más he amado».

Mientras el asesinato de Anka es el misterio que va hilando esta novela gráfica, Ferris utiliza la imaginación de Karen Reyes, una niña latina, que vive en los bajos fondos del Chicago de los años sesenta, fanática a los monstruos, lesbiana y pequeña detective que desea ser un lobo, para encontrar un espacio a sus diferencias, que la marginan, y por las cuales, es despreciada por todo tipo de acosadores, tanto en los sueños y alucinaciones o en los lugares que visita en su infancia.

Karen Reyes es entonces, una niña que trata de apuntar sus historias y hacer sobre cada personaje una posible biografía, en cada perfil lo gráfico y lo plástico le dan forma a cada monstruo. Dibujar no es para ella un recurso decorativo, es una manera de pensar y jugar con los sentidos, de entender el mundo, de dar un paso y meterse,y habitar dentro de cada cuadro, para descubrir el lado b de cada figura. Para encontrar así, mediante trazos, un lugar para su derecho a ser monstruosa como lo hacía Ferris en sus primeros años de vida cuando «era una niña discapacitada que no podía correr tan bien como los demás y que tenía otras limitaciones físicas. Fui muy afortunada porque encontré unos amigos fantásticos, los monstruos, tanto vivos como ficticios, que me ayudaron a sobrevivir entre los compañeros, los profesores y los trabajadores de mi escuela».

Emil Ferris (Chicago, 1962) trabajó durante años como ilustradora y diseñadora de juguetes. Hace 17 años contrajo una enfermedad-el virus del Nilo occidental -que lo cambió todo en su vida, paralizándole sus extremidades inferiores y su mano derecha. Los daños causados por la accidental enfermedad hicieron que Ferris emprendiera un largo proceso de recuperación que incluía la ilustración con bolígrafos de colores en el Instituto de Arte de Chicago, sumada al estudio de una nueva carrera y la creación de Lo que más me gustan son los monstruos, un libro que se inspira en el pasado de los cómics para ofrecer a los lectores algo que había permanecido oculto por muchos años.

En un cuaderno de dibujos Karen va creciendo y dibujando un mundo plagado de grises, donde el mal y bien no son espacios separados, son en cambio espejos que revelan otros sentidos. Ahí, en ese espectro gráfico, le va dando textura a la historia de Anka, mientras va descubriendo cómo esa vida se va entrelazando con la suya, formando un tapiz narrativo, una manera de entender y recrearse a través de la enfermedad y el dolor. Todo esto, a través de la expresividad y el juego gráfico que Emil Ferris hace, jugando con una estructura biográfica y tradiciones gráficas como las creadas por Art Spiegelman, Bernie Wrightson, Robert Crumb, Steinberg, Maurice Sendak y Steig mezclándolas con la energía expresionista de George Grosz  Goya, Daumier, haciendo que la mixtura de todos esos estilos le dé a cada página una experiencia visual única.

Tanto en los paseos y las lecturas de cuadros que hace con su hermano Diego Reyes (alias Dezze) por el museo del Instituto de Arte de Chicago, como en los tatuajes de este, todo se mueve y sirve de materia para componer lo que no se conoce, todo allí, en el cuaderno de Karen es material de lectura. De ahí que, a medida que avanza la narración y en un ejercicio de superposición e interacción aparecen las copias de revistas de terror inexistentes como: Ghastly, Goy Stories, Ghoulishy  y otras, inspiradas en los carteles y cómics clásicos que fueron repudiados por la vigilancia y la regulación del ”Comics Code Authority” que suprimió con su paranoia y corrección política, la vitalidad de las historietas de esos años, las imágenes de “excesiva violencia” y “las ilustraciones espeluznantes, desagradables y horribles”. Dejando a Vampiros, Hombres Lobos, Ghouls y Zombies fuera de circulación y sin posibilidad de ser dibujados pero que en el libro de Ferris y a través de la copias que hace Karen salen a la superficie, sacando de una zona espectral a revistas de terror clásico de los años 40 y 50 como Tales from the Crypt The Haunt of Fear y The Vault of Horror que Wally Wood y Harvey Kurtzman  ayudaron a crear. Es por eso que cada tapa aparece no solo como un decorado en los capítulos del libro sino como monstruos narrativos  que dialogan con cuadros como El santificado Guillermo de Tolosa atormentado por demonios de Ambroise Frédeau y The Nightmare  de Henry Fuseli que es considerado por el hermano de Karen la primera portada de cómic de terror.

En ese sentido, el material del libro es un cuaderno de notas, un cuaderno escolar que utilizaban los niños de la época, saturado por bolígrafos bic, rotulador y los plumines que le dan a la novela gráfica una sensación orgánica más allá de lo que se ve, algo que Art Spiegelman explica de la siguiente manera: «Emil Ferris utiliza la idea del cuaderno de bocetos como una forma de cambiar la gramática y la sintaxis de la página de cómics» y es así que cada página es una subversión, una invitación a crear y contar de la misma forma que Emil Ferris lo hace desde la mano de Karen: copiando portadas, dejando bocetos, sustrayendo materiales, utilizando formas rusticas, haciendo del dibujo un espacio artesanal para que muchos de los dibujos sean líneas cruzadas, sombras en torno a la luz, algo que desde otro espacio había realizado Linda Barry en What Is o que podría verse reflejado en el juego narrativo que realizó Jeff Kinney en El Diario de Greg, lo que hace de esta obra un material de otra circulación, menos formalizado, sin asomo de lo digital y la estrechez de la edición, retomando recursos que parecían extraviados: como la hoja, el papel, el lápiz o un trozo de remolacha para aprender a pintar antes que hablar. Resolviendo también-sin proponérselo- el uso decorativo que hacen algunos autores de cómic en la página.

En esta primera parte de Lo que más me gusta son los monstruos Ferris hace evidencia y materializa ante los sentidos del lector, la existencia de los monstruos, que al final somos todos y no el otro, o lo que se señala y se persigue, puesto que, como escribe Karen «La masa piensa: nunca hemos visto monstruos, por lo tanto no pueden existir. Hay muchas cosas que no vemos y que tenemos delante de las narices, como los microbios o la electricidad y tal vez los monstruos también existan» y que además de existir, habitan en cada uno de nosotros.

 

 

 

 

 

Mario Cárdenas
Estudió literatura en la Universidad del Quindío. Ha escrito en diferentes medios sobre cómic y literatura. En sus ratos libres se dedica a tomarle fotos a "Caldera" su Bull terrier.
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