El día de la suerte

La suerte la consideramos un don divino que opera en el momento justo en que la necesitamos. Es un ente pagano al cual nos apoyamos cuando las dificultades nos agobian, se nos vienen encima o están a punto de llevarnos al patíbulo. Lastimosamente, la desgracia de esperar que la suerte siempre nos favorezca radica en su propia naturaleza, es un ente con independencia que, recordando el poema del Carmina Burana, a la pobreza y al poder derrites como el hielo. Javi de Castro (León, España) escribió y dibujó en el 2017 una obra en la que explora el concepto de la suerte que, con sus silencios, sus viñetas y diálogos nos mantiene atrapados. Larson, el hombre con más suerte del mundo es una obra en la que nos vemos abocados a una especie de ejercicio cinematográfico cuyo giro final nos permite demostrar la idea de que no dominamos al mundo y por ende no siempre tendremos la mejor de las suertes.

Una página completa de «Larson».

La obra, con un inicio a media res constituye un juego que se convierte en un acertijo a resolver, como si de un crimen se tratara y todos los involucrados ingresan en un ejercicio detectivesco que se va solucionando a medida que los flashbacks nos lo van permitiendo. Pero este relato gráfico va más allá de la vida de Larson y la CBS, Javi de Castro construye capas que desarrollan la obra teniendo en cuenta que está planteada como una especie de biopic, es decir, además de los dos poderes que se enfrentan, el público también se inmiscuye en resolver el problema y como lectores también nos vemos en la necesidad de querer saber cómo fue que sucedió el hecho tan particular; incluso tomamos partida por alguno de los dos personajes en contienda y como siempre, solemos escoger aquel que logra o desea vencer al poder del que también carecemos.

Detrás de cámaras del show.

La presentación del personaje principal surge como una repetición de la pelea entre David y Goliat, entre una fuerza pasiva que se consideraba indestructible (El concurso de la CBS) que se ve derrotada por un hombre sin atributos, del común, sin mayor importancia que se vuelve una fuerza activa e imparable por solo ver y ver y ver el programa escapándose de la realidad o evadiéndola con la finalidad de encontrar su propio paraíso. Es una dicotomía que podría enlistarse de mil maneras, pero de las cuales solo son rescatables las que nos determinan al hombre como un ser complejo que logra vencer a una maquina diseñada por él mismo o a las estadísticas que sirven como formas proféticas de nuestro mundo contemporáneo.

A medida que van pasando las páginas, vemos como los silencios reflexivos, los planos y las palabras que resuenan constantemente llegan al momento de la epifanía en la que se detecta el error, la falla del sistema que puede ser aprovechable para obtener la victoria. Y como si de una película se tratara, nos vemos dichosos de que el personaje principal haya encontrado el espacio no protegido para tumbar aquello que se consideraba inviolable y que demuestra que siempre hay una forma de ganarle a una máquina, porque fue creada por un ser humano y este la hizo a su imagen y semejanza: algo complejo en apariencia, pero predecible cuando se mira con detenimiento.

Las pantallas en «Larson».

Los flashbacks nos muestran cómo alista su mejor traje para engañar con el plan perfecto que inicia sin la sospecha de nadie y la ignorancia de todos sobre su debilidad. Pues debemos recordar que estamos en la época en que el conocimiento es poder, y en la medida necesaria da la mejor de las victorias sin caer en el abismo o llenarse de avaricia. Esta victoria estalla con la dicha, cambia el curso de la vida, lo envía al punto más alto en el que las comodidades permiten un momento paradisiaco que se convierte en el deseo de todos, las esperanzas de algunos o la cucaña que tanto nos recrimina Zuleta en su Elogio a la dificultad.

Algunas viñetas de «Larson».

Sin embargo, todos sabemos que llegar al punto más alto implica empezar a caer, a bajar, a perder el impulso que se llevaba. El paraíso recobrado o conseguido se convierte en el tedio del que se quiere escapar; recordar su época de esplendor significa querer volver a vivirla, no mirarla como solo un momento en la memoria sino volverla una experiencia mucho más grande, más impresionante, más titánica. Encontrar esa única posibilidad dentro de las 50000 que pueden existir. Al final, Larson, consideró tener una vez más esa posibilidad de encontrar a la suerte en su camino, pero lo único que halló fue un destino fatal.

Por desgracia, los dichos son la sabiduría popular que nos ata al mundo corriente. Se han nutrido de la experiencia, de lo vivido, de recordar que en algún tiempo se ganó, se estuvo arriba de la rueda de la fortuna coronándonos como dueños y señores del mundo, pero que también decrece para convertirnos en el villano de la historia mientras los aplausos se desvanecen en la oscuridad y se cumplen el divino mandamiento: Lo que por agua viene, por agua se va.

Larson, el hombre con más suerte del mundo.

Javi de Castro.

Modernito Books – 170 pp.

 

Carlos Gutiérrez
Carlos Gutiérrez
Licenciado en Lingüística y Literatura de la Gran Colombia, docente de Lengua castellana en un colegio de Bogotá, los dibujos, las historietas "Observaciones de un Zorro" o skecht que se me ocurren los publico en @Mundo_fanzine, lector amateur de cómics y novelas gráficas.

Dejar un comentario

Por favor escribe tu comentario
Por favor ingrese su nombre aquí

Leer artículos similares...