Mikrosha

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Uno de los autores de la historieta argentina con los que se experimenta profundamente un goce estético es Ignacio Minaverry. Si bien una impecable puesta en página es una característica que atraviesa toda su obra, Mikrosha no es la excepción. La composición de cada viñeta es un deleite de trazos perfectos, que le brindan a cada escena una gran calidad compositiva.  

La riqueza gráfica en cada recuadro está plagada de alusiones a la arquitectura de los años 70 e inspiradas en el futurismo, así como evidentes referencias a la ciencia ficción de la época de Yo, Robot de Isaac Asimov, o a las novelas de Philip K. Dick. Con 44 páginas e impreso en el taller de risografía de Estudio Mafia, el mundo de Mikrosha es un gran abrebocas a un posible despliegue en una obra posterior de Minaverry.

Un mundo de postguerra es narrado a partir de dos ciudades. El autor nos presenta el contexto con una cartografía del lugar en el que se sumergirá el lector. A Turinsk y a Mikrosha solo las divide una zona desmilitarizada. «Pasaron ya 24 años del final de la primera (y hasta ahora última) guerra entre humanos y robots», se explica brevemente tras una pequeña muestra de cotidianidad en Turinsk.

Una secuencia con imagen de las dos ciudades.

Con genalidad Minaverry resuelve todos los indicios que debe darle al lector para que construya ese futuro, que se desplaza entre lo utópico y lo distópico. Una paz aparente reina en Turinsk, la ciudad humana. Vemos muestras de progreso hacia una normalización de temas de identidad sexual que al día de hoy apenas se están poniendo en la agenda, así como un avance tecnológico que llega a resolver todas las necesidades humanas, e incluso un mundo en el que la moneda se volvió simbólica.

Pero la utopía se transforma en distopía cuando el autor nos muestra que la tecnología está trabada, casi atrasada y que evidentemente las secuelas de la guerra se instauran aún en la mente de los milicos que operan en el servicio de defensa. Hay corrupción, así como disconformidad por la prohibición de usar robots para algunas tareas de asistencia. Los robots viven en Mikrosha, apartados y aislados, con actividades programadas sin ningún objetivo.  

Una página de “Mikrosha”.

A partir de ahí Minaverry plantea una estructura narrativa en la que nos va mostrando paralelamente las dos ciudades para desarrollar toda la trama. Mikrosha, el centro del relato, aparece narrada siempre desde Turinsk. No hay evidencias de la humanización de los robots. Están simplemente al otro lado bajo el monitoreo de un agente que funciona como enlace con los humanos. Con frases como «Para ellos es menos incómodo si vamos vestidos», «No está bien desactivar a un robot sin antes resguardar su memoria», emitidas por Iván Ivánovich, el agente B, no nos queda claro si el peligro para la humanidad son los robots o los mismas personas que los han programado para la guerra y que hasta han robado el cuento de nochebuena.

 

Una de página de “Mikrosha”.

Autor de Dora y Noelia en el País de los Cosos, Ignacio Minaverry nació en Buenos Aires en 1978, estudió dibujo e historieta con Luis Scafati y con Pablo Sapia, y se dedica a la historieta desde hace 20 años. Conoce más de su trabajo en Minaverry, y aquí.  

Diana Romero
Bogotana. Literata de la PUJ. Hizo un máster en edición digital con la UAH. Vive en Buenos Aires, donde se encontró con el cómic y estudia un posgrado en diseño comunicacional en la UBA.
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