Como todo clásico, cada relectura de El Eternauta devuelve puntos y tópicos no explorados. Este texto nace como una sospecha: detrás de las milicias comandadas por Juan Salvo se esconde una revisión histórica con sentido patriótico.
La historia de El Eternauta comienza con la desarticulación de todo aquello que estructuraba la vida de sus protagonistas. Los cuatro amigos jugando al truco, la esposa de uno de ellos y la hija de ambes, pierden primero el sonido seguro. El ruido del colectivo quejumbroso, el taconear de una pareja escapando al frío y la voz en la radio desaparecen para dar lugar al silencio. La primera toma de conciencia por parte del grupo sobre esa ruptura de lo conocido es ese acallamiento total del tic-tac de la vida.
Luego, pierden los vínculos. Todes han quedado soles, sin sus familiares, grupos de pertenencia y amistades. Incluso Elena, teniendo a su lado a su marido y a su hija, se pregunta por su hermana y sus sobrinos. A tal punto es inconcebible esa pérdida que Polsky, el jubilado que construye violines en «el laboratorio» se lanza a la aún incomprensible nevada tan solo resguardado con su saco. Muere a los pocos segundos, sabiendo que la vida sin Edith y los chicos es un destino bastante cercano a quedar tieso en medio de la calle.
A partir de allí, como en el Robinson Crusoe de Daniel Defoe o El señor de las moscas de William Golding, todo se orienta a una pantomima de civilización que rápidamente queda destrozada. Luego de planificar una larga vida encerrados, alguien asesina a Lucas Herbert, el empleado de banco loco por la electrónica, le roba el traje aislante y deja su cadáver tirado en la calle. Sin dejar tiempo para duelo alguno, Favalli repetirá una y otra vez una idea que había comenzado a elaborar horas atrás: ahora la ciudad es una jungla y hay que escapar de ella.
Justo en medio de esa toma de conciencia de una no ley, aparece un nuevo intento de orden. Algunos soldados sobrevivientes comienzan a organizar la resistencia al invasor y reclutan a todos aquellos que hayan logrado escapar a la nevada mortal. Y aquí, algo que este texto construye como una sospecha: Oesterheld no habla aquí solo de un ejército, sino también de una milicia y con ello, de la Historia Argentina. Un proceso que se cierra en 1880 con el Plan de Organización Nacional y el desarme de la Guardia Nacional y que se reabre en 1963 con la invasión de los Ellos, momento exacto en que toda esa organización se destroza en mil pedazos.
El primero en crear el paralelismo es el historiador Ruperto Mosca. Al conocer a Juan Salvo, le pregunta si cree que la resistencia será recordada a la par de la defensa, durante las Invasiones Inglesas, de la, por entonces, Buenos Aires virreinal. De aquella epopeya patriótica sucedida entre 1806 y 1807, surgieron fuerzas populares como el Regimiento de Patricios y próceres como Cornelio Saavedra, Santiago de Liniers y Martín de Álzaga. Mosca se pregunta si su destino ocupará un lugar en las mismas páginas de la historia.

A partir de la Constitución Nacional de 1853, se abre un proceso turbulento de organización del Estado. En esa carta magna, se ordena la fuerza militar argentina y pasa a componerse de dos partes: un ejército de línea profesional y un cuerpo de milicias no profesionales, nucleados en la Guardia Nacional, formada por ciudadanos voluntarios y sólo convocada en momentos de excepcionalidad. En El Eternauta, la primera respuesta a la crisis busca repetir esta misma estructura. Las tropas se dividen claramente entre aquellos que son militares de carrera y los milicianos sin instrucción. De hecho, siguiendo la Constitución, solo convocan a los hombres, quedando Elena al cuidado de Martita.
Juan Salvo, por su experiencia en torneos de tiro, pasa a ser rápidamente elegido como cabo de milicias. Eso que llamará, páginas más tarde, «carne de cañón». Muchas de las instituciones de tiro, como esa en la que Salvo ganó varios trofeos con las armas que Elena odia lustrar, fueron creadas a finales del siglo XIX para formar a aquellos que luego se sumarían a las tropas de la Guardia Nacional para defender una u otra idea de patria.
La historiadora Hilda Sabato, en su artículo Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880 (2008), analiza la ruptura histórica que significó el fin de la Guardia Nacional como fuerza popular y como arma de las provincias contra el poder central del Gobierno Nacional en Argentina. Meses antes de las elecciones presidenciales de 1880, que buscaban imponer a Julio Argentino Roca como presidente, con el aval del mandatario en ejercicio Nicolás Avellaneda, se sucedió un debate legislativo, seguido por una guerra civil y finalizado por la victoria del Ejército Argentino sobre la Guardia Nacional, que dejó de existir.

Para Sabato la llamada «Revolución de 1880» significó un cambio rotundo en el destino histórico nacional y el fin de la idea de una fuerza militar patriótica legítima que lo defendiera. Sin embargo, si se vuelve a la historia del viajero de la eternidad, es interesante ver qué rastros dejó en el ideario de los artistas esta experiencia patriótica a la hora de pensar en una historia en la que el Estado sucumbe ante una invasión interplanetaria.

En la obra de Oesterheld y Solano López, el miedo es no solo aquello que activa las glándulas que matan de manera fulminante a los manos, sino también el principal arma para destruir la resistencia. Las nubes fantasmales que generan alucinaciones, en la cancha de River y en la Avenida Las Heras, pondrán a prueba ese orden simulado bajo una ley marcial sin sentido. Las filas se desarman, los grupos se desbandan y todo se vuelve un «sálvese quien pueda». El grueso de las tropas profesionales morirá atacado por cascarudos, fulminado por los lanzarayos o aplastado bajo el peso de los gurbos.
Para Sabato, en estas estructuras milicianas no profesionales, el poder se construye de otra manera. Los rangos determinan relaciones de poder que no operan en el mismo sentido que las jerarquías militares. Se desarrollan vínculos interpersonales, cercanos a los del caudillismo. El ascenso de Juan Salvo es vertiginoso y el protagonista reflexiona en repetidas ocasiones sobre la responsabilidad que implica ese poder. De cabo asciende a teniente porque «sabe manejar a los hombres». Esos mismos hombres que, envueltos en un incendio imaginario, no dejan solo a Juan mientras intenta rescatar a Favalli de entre los escombros de un edificio derrumbado. Una lealtad miliciana que entiende esa fidelidad personal como extensión de un acto fraterno, patriótico.

Aunque la ley diga que dentro de la Guardia Nacional todos son iguales, porque son ciudadanos, en la organización de este cuerpo dentro de El Eternauta podemos ver diferencias. Favalli y Salvo se diferencian del resto y rápidamente ocupan cargos de jerarquía. Distintos los casos de los milicianos rasos, como el obrero de una fábrica de productos químicos Medardo Sosa -el mejor personaje de la obra- o el fundidor Alberto Franco, que quedan por debajo. En el trato con estos últimos dos se denota la relación diferencial de los militares entre sí y de los milicianos entre sí. Todos los integrantes de milicias son ciudadanos envueltos en jerarquías que se suponen temporales y, por ello, se entremezclan con tratos entre comunes.
Del total de tropas que sobreviven al fuego ilusorio y a la emboscada con lanzarayos sobre la Avenida Las Heras, un tercio pertenecen al cuerpo de milicias. En un mundo donde las leyes militares no tienen ya sustento, Oesterheld recupera valores fundacionales. Hilda Sabato habla de un despliegue de gestos donde el valor, la hombría, la familiaridad con los soldados y el paternalismo atraían a la tropa y cimentaban los vínculos verticales que les permitían afirmar su autoridad y su liderazgo. En El Eternauta, ser un «ciudadano en armas» defendiendo la patria en contra del invasor no es igual a ser un soldado de carrera a punto de iniciar una guerra.
Aunque el final de la obra sea conocido, y de aquella fuerza patriótica solo quede un sobreviviente, la milicia del teniente Salvo trae con cada lectura un punto quizás no tan analizado del tantas veces mentado «héroe colectivo»: el del grupo que en el heroísmo fraterno y patriótico encuentra un sentido, en el momento exacto en que todos los sentidos desaparecen.

Gracias Demian