Como lectora de cómics, siempre he dicho que lo que más me gusta del género es la capacidad que tiene para ayudarme a entender el mundo. Los libros en general cumplen esa función, nos dan pistas a seguir, nos transportan, nos proveen de un espacio de fuga y de reflexión que no siempre logramos encontrar en la vida cotidiana.
Edo Brenes, ilustrador y autor de cómics costarricense, encontró en el noveno arte el medio para buscar y descifrar sus historias, para definir un estilo propio de dibujo y el laboratorio de experimentación idóneo para ficcionar este territorio. Antiguo profesor de animación, Edo decidió hace 10 años dedicarse al cómic a tiempo completo. Es uno de los pocos autores costarricenses de la actualidad con una trayectoria importante y prometedora a nivel internacional. Ha logrado publicar y posicionar su visión de mundo en el mercado europeo: Reservoir Books en España, Oblomov y Bao Publishing en Italia, Nobrow en Inglaterra y Casterman, Ici Même, Delcourt y Steinkis en Francia. No es el azar —o no es sólo el azar— el que lo ha llevado a codearse con autores de alto calibre: ha sido la búsqueda genuina y el deseo de decir algo pertinente con un trazo propio e inherente a sus gustos e influencias, ha sido el estudio, la disciplina y la terquedad, también la pausa y la lectura de otros cómics lo que ha hecho de Edo el autor que es hoy.
Historias que sólo se cuentan desde el cómic
¿Qué hace que una historia pueda ser contada en cómic y no en cualquier otra forma narrativa? A veces pienso que la respuesta sencilla a esa pregunta es que el cómic, más allá de sus códigos y su lenguaje en secuencias, aporta otros matices que no tienen la poesía o la novela. Pero el hecho de crear metáforas visuales no tiene nada de sencillo. En el caso de Edo Brenes, la armonía entre el dibujo y la palabra es una de las claves. Me doy cuenta de que el concepto de armonía es un cliché, en realidad quiero decir que, conforme he ido leyendo los libros de Edo, poco a poco ha ido sofisticando este traslape entre forma y fondo, entre gráfica y palabra, como si se tratara de dos materialidades indisociables, o que en realidad son una misma y única poética.
Pero para decir la verdad, es especialmente su mirada, por supuesto, lo que hace la diferencia: Edo nos indica dónde, cómo y qué mirar. Nos dice dónde están las cosas nuevas, dónde están los nuevos significados, nos muestra la fotografía completa para luego hacer un zoom in en los detalles, los colores, los gestos, lo no dicho. Sutilmente, nos marca las posturas de los cuerpos para contarnos —o mostrarnos, sin necesidad de palabras— que sus personajes cargan con deseos, sentimientos, derrotas y silencios. El dibujo de estos cuerpos (o de los edificios para hablar del universo completo) hacen visible lo invisible, dicen lo que no se dice. Y poco a poco, la construcción de los personajes nos indica la forma particular de cada uno para estar en el mundo.

Cómo mirar mejor
En Turistas en La Habana, una propuesta híbrida entre ficción, autobiografía y crónica de viaje, es la mirada más allá de lo exótico y de lo turístico lo que me mantiene pegada a sus páginas. Me atrae la complejidad de las capas de sentido, la narración de lo cotidiano en paralelo con lo exótico, la desmitificación de la mirada romántica de un par de viajeros: esos turistas que no siempre se comportan como tales, que van de un mundo al otro para escapar del «destino turístico» y enseñarnos el «cómo mirar» o el «cómo mirar mejor» para no caer en interpretaciones simplistas.
Una pareja de ticos viaja de vacaciones a La Habana. Un matrimonio joven, él y ella no tienen otras pretensiones que las de pasar unos días de descanso en una de las ciudades más idílicas del imaginario latinoamericano. La cuna del son cubano, la sangre viva de un pueblo revolucionario, el tiempo detenido en todas sus latitudes, su literatura nada tímida. A medida que avanza la historia, vemos con asombro a una primera familia cubana que los hospeda, y vemos a la otra, la familia coral —es decir, todos los demás personajes— como el reflejo de una sociedad compleja y anacrónica, llena de imaginarios, tormentos y contradicciones.
Porque, evidentemente, no es sólo el lugar el que nos transforma (La Habana, de por sí, posee un valor narrativo en sí misma), sino la mirada múltiple e íntima de los personajes: ese contraste que lo cubre todo —la arquitectura, los trabajos que se inventan para sobrevivir, los lazos entre vecinos, las aspiraciones— y que, finalmente, revela la combinación que hace el autor entre la subjetividad y la objetividad para hablar de la sociedad cubana.

Lo que contiene el detalle
Cada página es un deleite: por la paleta de colores —todo parece un eterno atardecer, o una ciudad mágica, para parafrasear a Ivannia—; por la composición de las viñetas —algunos dibujos necesitan aire, no pueden quedar encerrados, y ahí respiran—; por la fluidez de las burbujas de diálogo, la estructura de diario, la narrativa, las texturas.
En este libro, especialmente, reina el detalle: hay miles de patrones de azulejos, las plantas crecen bajo el sol, los objetos cotidianos cuentan su propia historia, las paredes viejas y deterioradas revelan la belleza de la arquitectura. En cada una de esas pequeñas cosas se siente el paso del tiempo y de la política; Turistas en La Habana es, a la vez, una historia familiar y el retrato de una sociedad entera, contenida en los detalles.
El final es inesperado. La escritora argentina Leila Guerriero, dice: «No se trata de robar escenas. Hay que saber cuándo quedarse y cuándo irse». No sé si Edo ha leído a Guerriero, pero en todo caso, no hay duda de que ambos le apuestan a la misma ética. Independientemente de si el episodio es ficticio o no, Edo muestra un respeto por la intimidad de sus personajes, por su dolor, y se rinde ante su propia impotencia para cambiar el curso de las cosas. La ficción en este sentido no sirve. No todo puede ser narrado o tal vez está la conciencia de que esa parte de la historia no le pertenece. Puede ser que este final sea un gesto para reconocer que toda mirada tiene un límite.
Hay un aspecto poco anodino, y es que el autor al tiempo que va descubriendo capas de la cultura cubana, se atreve a destapar también capas de la cultura costarricense. Es una doble exposición, una doble narrativa. Y es que viajar empieza mirando hacia afuera, pero suele pasar que al final desviamos la mirada hacia nosotros mismos, nosotras mismas. Y aquí me surgen tantas dudas y vacíos, y pienso en cómo nos hace falta una historieta de un par de turistas que vengan a visitar la esencial Costa Rica. O podemos hacer, para variar, un ejercicio de autocrítica cuando terminemos de leer este libro.
El libro se publicó primero en Francia en el 2023, y en este 2025 está traducido al español y publicado en la editorial del autor y de la ilustradora Yoss Sánchez, llamada Pulpo Press.
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