«La idea de un cómic elaborado, exprofeso para estudiar, me parece terrible»: Iván Benavides

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Con motivo de la nueva edición de El Cuy Jacobo y el Tesoro Quillacinga, Norma Ediciones (2020) a modo de eco del libro impreso original en 2012 por la editorial Robot, producto de una investigación académica y premiado por la Universidad Nacional de Colombia como mejor trabajo de grado en 2011, revivimos a aquellos entrañables personajes encabezados por el perseverante Jacobo, quienes tuvieron en vilo a sus seguidores en la búsqueda de un misterioso tesoro a través de la región andina colombiana durante el siglo XIX, con la capital Bogotá y el departamento de Nariño como escenarios principales. Nuestro invitado es precisamente su autor; Iván Benavides, quien nos contó detalles poco conocidos sobre la elaboración del argumento de esta novela gráfica; además sus opiniones sobre la movida editorial en Colombia y otros aspectos relacionados.

Es bien sabido que El Cuy Jacobo y el Tesoro Quillacinga fue su tesis de grado, pero al momento de reclutar el equipo de colaboradores ¿Cuál fue la disposición de ellos al venderles tu idea?

No sé si esto desdore el mito pero no hay más colaboradores que yo mismo detrás del Cuy Jacobo. Contar con un colorista o un rotulador no estaría mal, pero es un lujo que aún no puedo darme (risas).Con respecto a la editorial, el camino hacia Norma vino dado por las circunstancias. Desde 2017 inicié junto a otros profesores del Programa de Diseño Gráfico de la Universidad Nacional de Colombia donde trabajo, una investigación acerca de David Consuegra, considerado uno de los pioneros del Diseño Gráfico moderno en el país. Aquella experiencia me llevó a entablar una relación de mucha cercanía con Zoraida Cadavid, esposa del Maestro Consuegra y quien con el tiempo se interesó en el proyecto del Cuy Jacobo. Junto con ella empezamos la búsqueda de una editorial que se animara a publicar el primer volumen de la serie y tras tocar varias puertas, terminamos contactados con Jael Gómez y posteriormente con Fanuel Díaz, ambos editores en Norma. Lo digo con modestia, pero creo que el encuentro fue providencial para ambas partes. Yo di con unos maravillosos aliados que han sido muy respetuosos y abiertos con mi trabajo y ellos encontraron una historieta infantil que hablara de la historia del país. Es algo que habían buscado durante algún tiempo sin éxito.

La feliz coincidencia permitió que la etapa de corrección, edición y prepensa se hiciera en un tiempo relativamente breve. A causa de la situación de salud pública el libro no pudo ser impreso, pero tan pronto la situación mejore, el libro empezará a circular en forma física. Por ahora la historieta se encuentra disponible como e-book.

 

 

El ambiente está cuidadosamente reflejado en el siglo XIX. ¿Cómo fue el proceso de búsqueda en fuentes para retratar esos espacios?

Por lo general comienzo con la redacción del guión y la creación de una versión preliminar (en bocetos) del libro. Casi siempre, el documento escrito se convierte en una especie de check list, para comprobar si cuento con la información iconográfica del caso, si hace falta buscarla o si de plano no existe y es necesario recrearla. Por fortuna para mí, una suma enorme de viajeros (sobre todo europeos, pero también colombianos, como sucedió con la Comisión Corográfica) dejaron un registro inmenso y variado de la segunda mitad del siglo XIX colombiano que además en los últimos años se ha compilado en libros impresos y publicaciones digitales. El problema estriba, en que otra parte de ese material aún reposa escondido entre anaqueles y en ocasiones es difícil llegar a las fuentes originales que por su cuenta, se convierten en un hilo del cual tirar que suele conducir a nuevas piezas documentales y gráficas para próximos volúmenes.

Aclaro sin embargo, que el aparente rigor visual puede ser engañoso. Me he dado la libertad de introducir licencias históricas y elementos puramente fantásticos que quizá un especialista notará sin mayores esfuerzos. Desde luego, todos estos elementos han sido puestos ahí de forma deliberada, la mar de las veces buscando elementos que contribuyan a la narración o a proporcionar más atractivo a las viñetas. Creo que el caso del Palacio de San Carlos es un buen ejemplo. En rigor, para la fecha de la historia (1982) su famoso balcón aún no había sido construido, pero pensé que sería valioso mostrarlo porque da cuenta de algunos aspectos importantes de la denominada Arquitectura Republicana en Colombia. Al respecto, cuando presenté el primer manuscrito ante Norma Ediciones, el libro pasó por un proceso de revisión muy exhaustivo que culminó con varias correcciones en el apartado visual que tenían que ver con elementos anacrónicos.

A la izquierda, un aspecto de la fachada del Museo del Siglo XIX en 2012. Autor: Martín Duque.
Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Museo_del_Siglo_XIX_2.jpg

También está el hecho de que algunos personajes están basados o inspirados en figuras relevantes de finales del siglo XIX y XX. El presidente por ejemplo, es el resultado de mezclar a Carlos Holguín Mallarino, Rafael Nuñez, Rafael Reyes y Carlos E. Restrepo. Casiodoro a su vez está sutilmente inspirado en Manuel Ancízar y Rosita es una adaptación de la ñapanga nariñense. A lo anterior se suma la construcción de algunos espacios y escenarios que he recreado a partir de mi propia experiencia. Por ejemplo, la casa de Rodolfo está inspirada en el extinto Museo del Siglo XIX de Bogotá (que llegué a visitar en varias ocasiones) y la casa del Abuelo Jobito en la Casona Taminango, hogar del Museo de Artes y Tradiciones Populares de Nariño, donde trabajé hace algunos años. En conclusión diría que se trata de un proceso mixto en el que combino elementos que conozco con otros varios que deben pasar por un filtro de investigación bibliográfica e iconográfica. 

A la izquierda, retrato de Carlos Holguín Mallarino. Autor: S.i. Fecha: S.f.
Fuente: https://www.colombia.com/colombia-info/historia-de-colombia/presidentes-de-colombia/carlos-holguin-mallarino/

¿Por qué optó por el antropomorfismo de los personajes?

Puede que tenga que ver con algunas de las series animadas y los (escasos) cómics que consumí durante mi infancia. Puedo pensar por ejemplo, en las series que Disney lanzó a finales de los ochenta como Patoaventuras, Chip y Dale – rescatadores o el Pato Darkwing, entre otras.

Sobre las historietas, de forma muy esporádica pude acceder a algunos números de los pitufos y a las historietas de Mickey Mouse que habían circulado entre 1970 y 1980. En todos los casos, el común denominador son personajes regordetes, de unas proporciones más bien pequeñas (de tres o cuatro cabezas de construcción) y de algunos otros elementos incluso narrativos relacionados con la fantasía y la aventura. Más adelante, cuando adelantaba mis estudios de Diseño Gráfico en la Universidad Nacional de Colombia me aproximé de forma más consciente a la historieta y redescubrí personajes que originalmente había conocido por programas y series televisadas. Estoy hablando de figuras de la BD clásica como Tintín (que recuerdo por su adaptación a la pantalla chica de 1991), Astérix (que conocí por «Las Doce pruebas de Astérix»), Marsupilami e Iznogud. En todas ellas prima un estilo próximo a la caricatura, de trazos orgánicos y redondeados. Puedo pensar que en los aspectos más formales relacionados con la línea o el uso del color, también constituyeron una influencia.Por lo demás, el uso de animales antropomórficos me permite crear asociaciones con valores y defectos como se hace en la fábula tradicional. Pensé en Jacobo como un cuy porque como se sabe, estos animales son tímidos y huidizos. Quise proponer la paradoja de un personaje cobarde inmerso en situaciones esencialmente riesgosas. Agrego para finalizar que los personajes de la serie están basados en animales de la fauna endémica local. Rodolfo por ejemplo es un paujil (crax alberti) y Joaquín está basado en un zorro gris (urocyon cinereoargenteus).

Al leer la trama completa, da la impresión que Jacobo está rodeado de personajes intrigantes y solo Rosita es de fiar. Por eso, en cierta manera, parece como si ella terminara siendo la verdadera heroína, ¿Fue algo adrede o solo es una sensación?

Es más que una mera sensación. Rosita será un personaje que tendrá un desarrollo permanente a lo largo de los siguientes números. Creo que se trata de la contraparte de Jacobo, quien ha terminado envuelto en la aventura de forma involuntaria. Rosita en cambio, acepta y se entrega a lo desconocido por decisión propia. Pensé que sería entretenido hacer de ella una heroína decimonónica, en un país eminentemente rural donde el rol de la mujer era casi en todos los casos doméstico (salvo algunas excepciones como las gualumbas o las juanas que participaron en la Guerra de los Mil Días a comienzos del siglo XX).Al tiempo, no me pasa inadvertido que cuando comparto ilustraciones en redes, los seguidores de la serie parecen tener una especial predilección por ella.    

A la izquierda, mujer con atuendo de Ñapanga. Ca. 1925. Autor: S.i.
Fuente: Londoño, P. (1987). Pasto a través de la fotografía. [Catálogo]. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco de la República, XXII, 5.P. 78.

¿Qué te motivó a seleccionar a Los Quillacingas para personificarlos en la obra?

Dada mi procedencia, quise hablar de los antiguos habitantes del territorio donde hoy se asienta la ciudad de Pasto y la Laguna de la Cocha. Hablo de los Quillacingas porque en el momento en que empecé a plantear la idea, parecía obvio que lograría una buena construcción de la comunidad por el conocimiento previo que tenía sobre este grupo humano. Por su cuenta, para la construcción de los personajes a partir de monos aulladores, me basé en la investigación de Edgar Emilio Rodríguez, «Fauna Precolombina de Nariño». En ella se relata el hallazgo de una especie de este tipo en un enterramiento del período Piartal, de lo cual se conjeturan posibles intercambios con las comunidades de la selva tropical, puesto que aunque los monos aparecen recurrentemente en los petroglifos y la pintura rupestre de Pastos y Quillacingas, no son propios del altiplano. A la vez, de forma subtextual, casi todos los objetos de oro o tumbaga que aparecen representados en la historieta (y también algunos otros como las caracolas del Bohío de la Luna o los collares del Taita) están basados en las piezas conservadas en el Museo del Oro del Centro Cultural Leopoldo López Álvarez de Pasto.

A la izquierda, discos rotatorios. Altiplano nariñense, Nariño tardío. 600 d.C. – 1700 d.C. Colección Museo del Oro, Centro Cultural Leopoldo López Álvarez-Banco de la República.

¿Qué técnicas empleaste para el dibujo y el color?

Sobre las técnicas, para la primera versión –mi trabajo de grado- y la edición que estuvo a cargo de Editorial Robot, hice todo el trabajo de línea con tinta y pluma, para posteriormente colorear y rotular digitalmente. La segunda edición, elaborada para Norma Ediciones que redibujé completamente, se hizo enteramente con herramientas digitales. Mención especial  merece el mapa que aparece al comienzo del libro, que en todos los casos ha sido un trabajo hecho a lápiz y que ha representado siempre un reto de rigor geográfico para alguien como yo, ajeno a esos temas.

 ¿Cuáles artistas han sido tu inspiración para este trabajo y para tu proceso en general?

Creo que en general me decanto por autores que ya podrían considerarse clásicos dentro del campo. En particular, guardo especial aprecio hacia los historietistas franco belgas de las escuelas de Bruselas y Marcinelle. Puede que sean lugares comunes, pero en cada historieta de este tipo descubro soluciones narrativas, gráficas y de otros tipos, que encuentro absolutamente contemporáneas.

En ese sentido admiro el trabajo de Hergé y otros miembros de la Ligne Claire, no solo por sus resultados plásticos sino también porque introdujeron a la historieta el principio metodológico de una investigación rigurosa y amplia que complementa los guiones y enriquece la propuesta gráfica. (Sumo a Edgar P. Jacobs y Jacques Martin)Sobre la escuela de Marcinelle, mencionaría a los esenciales Maurice Tillieux, André Franquin y Peyo, y agrego a artistas posteriores como Albert Uderzo (con la obvia participación de René Gosciny), Morris y Tabary. En cuanto al cómic americano, una vez más opto por los pioneros del estilo Disney, entre los que destacaría a Floyd Gottfredson, Carl Barks y Don Rosa. Sobre el último subrayaría dos aspectos que me causaron mucho interés. Primero, la forma en que introduce a  Rico Mc Pato en el Yukón durante la Fiebre del Oro y en Sudáfrica en el marco de la explotación de diamantes en la región. Le hizo rival y amigo de Theodor Roosevelt y Buffalo Bill e integrante de la tripulación del Titanic. Desde luego, un modelo indiscutible para el aparejamiento de la ficción y la historia en mi historieta. Lo segundo, tiene que ver con la construcción y evolución de los personajes que dibuja. Es bien conocido que Rosa articuló la mitología algo caótica de Carl Barks y le insufló un orden que reconocemos hasta nuestros días (vasta pensar en la remozada Patoaventuras, que se lanzó en 2018). La idea de crear un reparto de personajes recurrentes con ese nivel de recordación es naturalmente muy seductora. Por último, aunque mucho menos perceptible en el Cuy Jacobo, también incluiría a dos o tres autores japoneses (diría que resultan insoslayables porque en los noventas prácticamente ningún niño podía sustraerse al aluvión de series que inundó los canales televisivos en Latinoamérica). Incluiría en esta selección a Fujio Fujiko, Akira Toriyama (sobre todo por su Dr. Slump y Arale), Rumiko Takahashi y el colectivo CLAMP.

 ¿El Cuy Jacobo y el Tesoro Quillacinga, puede ser considerado un material de consulta académica para próximas generaciones?

No podría decirlo, pero es un tema que me causa alguna inquietud. A pesar de la investigación que subyace al cómic y de que he procurado ser tan cuidadoso como he podido en relación a los temas históricos o geográficos, he querido cuidarme –no sé si con éxito- de convertir el cómic en un libro escolar. Mi propósito es que cualquiera en primer lugar pueda leer la historieta desprevenidamente y disfrutarla y solo después, tras una segunda lectura o una revisión más exhaustiva encontrar y descubrir ese repertorio de personajes, lugares y situaciones que están basadas en la realidad. Algo como lo que sucede con Ásterix –guardando las justas proporciones-, que es en primer lugar una comedia, pero que podría contribuir al estudio de la Edad Clásica en el aula. Sin embargo, Norma Ediciones ha creado una serie de recursos complementarios (Guías de estudio para Castellano, Historia, Geografía y Ecología) cuya mayor virtud, en mi opinión, es que le apuestan a la lectura crítica antes que a la mera referenciación. En ese sentido, buscan entre los niños una toma de postura frente a diferentes temas y pienso que puede ser el enfoque ideal o por lo menos, el más recomendable. La idea de un cómic elaborado, ex profeso para estudiar, me parece terrible. Eso le roba toda capacidad de persuasión a la creación artística y transforma a la acción contemplativa en una obligación, una aporía desde cualquier perspectiva. 

 Considera que la región suroccidental de Colombia y particularmente Nariño, tu departamento de origen, ¿tiene mucho que ofrecer en cuanto a referencias de riqueza patrimonial para creaciones narrativas y gráficas?

Sin lugar a dudas.

Nariño en mi opinión, es un departamento que ha forjado su identidad a partir de su aislamiento, las fronteras naturales que representan los cañones del Juanambú y el Guáitara, así como la espesa selva del Pacífico determinaron para esta región un desarrollo histórico, cultural y social especialmente particular si se compara con otras regiones del país. Lo indígena y lo europeo aún resuena de manera bastante sensible en ciertos lugares. A eso se suma el hecho de contar con una variedad de suelos y regiones. Tenemos por un lado los municipios de la costa pacífica, los de la sierra andina y los del piedemonte amazónico. Piense además, en los parques y reservas naturales como el Santuario de Flora y Fauna de la Cocha o el Parque Nacional Natural Sanquianga. Así mismo, creo que el Barniz de Pasto (Patrimonio inmaterial de Colombia) y los Carnavales de Blancos y Negros (Patrimonio Cultural de la Humanidad), son apenas dos muestras de entre docenas más, de la autenticidad de este suelo y de su potencial para otro tipo de industrias creativas.  En consecuencia, en un territorio relativamente pequeño se agrupan una cantidad enorme de saberes, comunidades y expresiones que podrían ser el sustento de centenares de historietas. Ahora bien, no sobra recordar que en Pasto se han producido varios proyectos de cómic que han tenido un buen impacto local y que valdría la pena llevar a otras latitudes. Pienso en «La Familia Tarapués» del recientemente fallecido Pedro Pablo Enríquez (Quique) que podría ser una de las tiras de prensa más longevas de nuestro país, «Aracnia» de Marco Santacruz o el más reciente «Niño Inodoro» de Alex Castillo.   

¿Desde tu punto de vista, a qué factor cree que se deba que en la actualidad estén surgiendo tantas propuestas gráficas en Colombia?

Pienso que ante todo ha sido una consecuencia de la democratización de los canales de divulgación que han propiciado los medios digitales. Ya desde los 2000, con la aparición de plataformas que permitían crear galerías personales y web cómics, empezaron a aparecer varios creadores en Colombia buscando divulgar su trabajo sin tener que acudir a los canales editoriales tradicionales. Lo irónico sin embargo, es que algunos de esos proyectos terminaron convirtiéndose en libros y revistas publicadas en forma física, después de que las editoriales notaran el éxito que habían tenido y las comunidades de entusiastas que se habían formado alrededor de esas producciones. Además, pienso que la proliferación de redes sociales y la aparición de los Memes -que en muchos casos acuden a elementos propios del lenguaje del cómic- han servido para acercar a toda clase de públicos a este tipo de lectura icónico-verbal. A lo anterior se suma la enorme cantidad de cómics que han sido adaptados al cine (incluso varios cómics franco-belgas y japoneses), que han conducido a los interesados a las historietas de origen. Tengo la impresión de que esto último no ocurre masivamente, pero pienso que ningún curioso sobra y nuestro deber como historietista será procurar retenerlo. Al respecto, el hecho de que el mundo de las convenciones y la cultura Geek goce hoy de un atractivo mayor que el de hace unos años, también ha estimulado el consumo y producción de historietas. Otro hecho no menor tiene que ver con la revolución de YouTube que se ha convertido en un espacio de formación indiscutible para quienes desean aprender sobre software, dibujo, diseño editorial e incluso aspectos relacionados con el guión y la creación literaria. Por otro lado, varios autores y entusiastas que venían trabajando en Colombia desde los años noventa y dos mil, han abonado muy pacientemente el terreno para que hoy los autores noveles gocen de un camino más transitable (no necesariamente sencillo sin embargo). Además, la aparición de espacios, publicaciones y circuitos especializados ha servido para conectar a los creadores y estimular la aparición de colectivos y proyectos conjuntos. Las editoriales no han sido ciegas a este contexto y a lo que pasa a nivel mundial, piense que hace diez años solo muy pocas librerías y bibliotecas en Bogotá contaban con espacios dedicados a la novela gráfica y en cambio, hoy gozan con secciones y colecciones relativamente nutridas.

 ¿Cómo percibe la actitud hacia estos trabajos por parte de las editoriales, tanto de las reconocidas como de las independientes?

No es un mundo que conozca en detalle, pero pienso que las grandes editoriales tanto como las independientes, tienden a plegarse ante las tendencias del medio. El hecho de que en los últimos años hayan aparecido tantas historietas documentales y autobiográficas ejemplifica lo que digo.  

El papel de las editoriales independientes sin embargo, ha sido capital para ayudar a los artistas noveles a publicar y divulgar sus primeras creaciones y a crear circuitos capaces de llegar a espacios otrora ajenos al medio. Además, han puesto especial esmero en proyectos que ofrecen miradas sobre diversos aspectos del país, lo que contribuye a la edificación de un verdadero estilo nacional, que desde siempre nos ha sido tan esquivo. Diría que en pocas palabras le han dado representatividad a la novela gráfica local. En cuanto a las grandes editoriales, creo que en Colombia aún no se han hecho apuestas arriesgadas relacionadas con la historieta pero creo que la escena internacional ha comenzado a ejercer presión sobre estas instituciones y no dudo que dentro de pocos años los canales de interacción entre autores y editores aumenten y provoquen una mayor profesionalización del gremio.  

¿Cuáles son tus próximos proyectos en relación a cómics y novelas gráficas?

Me da mucho gusto comentarles que ya hay nuevos números del Cuy Jacobo en camino, así que en el plazo inmediato espero re-activar la serie y continuar desarrollando este universo. Por lo demás, aunque hay algunos otros proyectos en el tintero, aún hace falta trabajo para poder dar detalles. De cualquier manera, espero reintegrarme a la producción de historietas pues es un medio por el que guardo gran aprecio y que en el país representa hoy un terreno fértil.

 

Raúl Trujillo
Raúl Trujillo
Ilustrador freelance y bibliotecólogo en formación. Ha realizado colaboraciones para el periódico Dela Urbe, de la facultad de comunicación de la Universidad de Antioquia y Revista Pérgamo de la Escuela de Bibliotecologia de la Universidad de Antioquia. Además ha sido seleccionado para exposiciones y muestras de caricatura e ilustración en Colombia en ciudades como Medellin, Rionegro, Pereira y Armenia. En el extranjero en Buenos Aires (Argentina) y Sinaloa (Mexico).

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