Cómics como herramientas para la reposición del pasado

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En el marco de la elaboración de la «Ley de víctimas y Restitución de Tierras» en el año 2011, en Colombia por segunda vez en su historia (la primera fue la ley 387 de 1997) se buscaba por la vía legal evidenciar, denunciar, y reparar la violencia mortal a la que un sinnúmero de comunidades rurales y campesinas de Colombia fueron expuestas. Gracias a esta ley surgió el Centro Nacional de Memoria Histórica cuya principal labor es reparar, reconfigurar, salvaguardar la información en todas sus formas surgida de las investigaciones alrededor del Conflicto interno en Colombia. Testimonios en primera persona son parte de este cuerpo en “eterna” construcción, narrados, en parte, por quienes tuvieron que vivir «los desastres de la guerra». Una de las formas de lenguaje utilizadas para narrar los testimonios ha sido el cómic, el cual sirve como herramienta para acercar a los lectores a intersticios oscuros del conflicto armado y las consecuencias sufridas por las víctimas, muchas de ellas, apostadas entre el fuego cruzado, la corrupción, y la indolencia por parte del poder administrativo del Estado.

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Viñetas de Sin mascar palabra, por los caminos de Tulapas.

Sin mascar palabra, por los caminos de Tulapas, un trabajo de Pablo Guerra y el dibujante Camilo Vieco y La Palizúa, ustedes no saben cómo ha sido esta lucha de Pablo Guerra y Camilo Aguirre son dos cómics documentales publicados por el CNMH en los que se representan los paisajes, los actores, las voces locales, que describen el desplazamiento obligatorio producto de la coacción de grupos armados contra sus comunidades formadas por antiguos campesinos desplazados de sus territorios por proyectos agrarios – agropecuarios «latifundistas» en los años cincuenta. Comunidades que a lo largo de la década de los 90 siguieron siendo arrebatadas de sus tierras y obligadas nuevamente a abandonar territorios levantados con sus manos y organizados por su voz.

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Portada de La Palizúa, ustedes no saben cómo ha sido esta lucha. Pablo Guerra y Camilo Aguirre.

La cartografía cambiante de los que se van, vuelven, se quedan un tiempo o nunca regresan, un hilo de sangre delgado que ha dejado a su paso mujeres y hombres de todas las edades, absorbidos, raptados o asesinados por la guerra queda representado de forma gráfica en ambos trabajos. El desarraigo itinerante y generacional de familias que viven con el constante miedo de volver a perderlo todo. Que han reconstruido un pasado palabra a palabra, que han recobrado su valentía para salvaguardar su cultura, su compleja identidad de movilizados, es lo que leemos en La Palizúa, una comunidad que se sitúa en tres municipios del departamento del Magdalena, en los municipios de Chibolo, Sabanas de Ángel y Plato, en la actualidad un «territorio recuperado». Ahí, en ese territorio se revive la historia de una generación, que narra la propia y augura la de los suyos, en la voz de una mujer (porque su papel en esta guerra ha sido el de valentía y abnegación absoluta) hija de uno de los fundadores de una serie de caseríos a los que luego llamarían La Palizúa, en referencia a la gran cantidad de árboles que les proveyeron madera en su «domesticación del monte», que desde el año 1981 sufrieron los embates del Bloque norte de las Autodefensas unidas de Colombia, dirigido por Salvatore Mancuso y desde 1997 aproximadamente por Rodrigo Tovar Pupo alias Jorge 40.

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Portada, Sin mascar palabra por los caminos de Tulapas. Pablo Guerra y Camilo Vieco.

En el caso de La Palizúa los desalojos históricos han respondido a diversos hechos; su condición de no regularidad junto con la ineficiencia del estado no les permitieron nunca instituirse del todo en los mapas del país. A partir de 1997 se marca el éxodo final de este núcleo campesino, que se desintegra entre las periferias de ciudades sobrepobladas e igual de violentas y excluyentes que el pasado dejado atrás, muchas de estas personas no regresarán a su tierra, siendo relegados a replicar los paradigmas de la violencia y la guerra, coartándoles su derecho a la educación, la salud, la seguridad, en definitiva a cualquier forma de vida digna.

Quienes regresaron a pesar del miedo a la Palizúa nuevamente con los suyos, tuvieron que construir su mundo, en medio de uno que se tambalea. ¿La cotidianidad en medio del terror es posible? ¿Se podrá volver a un pasado que ni siquiera existe para muchos: el de la paz? Son las preguntas que uno se hace mientras dos periodistas sin nombre capturan las palabras de una despedida truncada por el desencanto, la ruptura tal vez irreparable de otra de las miles de familias víctimas del conflicto. Al tiempo que los trazos ligeros y sueltos de Camilo Aguirre acompañados de manchas eficaces y contundentes nos muestran el espesor de la flora, otorgándole un movimiento dinámico a sus protagonistas.

Recorte de viñeta pag 49, La Palizúa, ustedes no saben cómo ha sido esta lucha.

La historia de Tulapas:

Tulapas es el nombre con el que 58 veredas (poblados) de los municipios Turbo, Necoclí, San Pedro de Urabá, se han identificado. Ahí, en ese territorio han construido en medio de sus problemáticas, su vida, levantada una y otra vez del piso y de los restos de su pasado para reacomodarlo mientras se esperan noticias de justicia, paz y reposición. En este territorio no tan lejano, las atrocidades se cometían en nombre del dinero, de la revolución, de un cambio que para ellos solo significo detrimento en su calidad de vida.

Tomado de Sin mascar palabra, por los caminos de Tulapas, pag 29.

En la narración dibujada de Camilo Vieco se recorre el «camino» que une a sus distintos poblados, muchos de ellos aún en 2018 pequeños pueblos fantasma siendo ganados por la naturaleza. De La Mayoría a Isaías, caminos de montaña, tierra trabajada, de a pie, cosechas nuevamente colindando con la fauna local, también el miedo, la desconfianza, las prometida pertenencia que siempre está en veremos, en medio de todo eso la felicidad cotidiana y simple, llena de esperanza. Los años de Córdoba de los más viejos, rezagos de un país feudal, que como muchos otros encubrió estas prácticas hasta muy entrado el siglo XX. Comunidades hechas a sí mismas, a su manera, en medio de cada  migración renovándose según sus necesidades (que siempre fueron muchas), a su medida y talle, con problemas, y sin oídos legales que amparen su situación. En 1995 llegó el desalojo, ambiciones de índole económica repetían el pasado, nadie se hizo por segunda vez responsable de su éxodo. Se fueron con dos días de plazo amenazados por los Mochabezas, supongo que su nombre lo dice todo. Viajes dolorosos y complicados que llenan el camino del abandono de todo lo que pesa demasiado, lo que ya no se puede cargar más, mesas, camas, muebles, un dolor que ya no entra en ninguna parte. En el caso de Tualpas lo dibujado se acerca al bosquejo fluido, reportajes de “guerra”, construidos en sus errores, cuya intención es desdibujar la memoria porque está jamás volverá a ser vívida, tangible en lo real, representable, pues la sustitución del pasado fue progresiva y metódica:        «Esta toma del territorio implicó […] una estrategia de control y apropiación de tierras desarrollada en tres momentos, el primero fue el control territorial a través del despojo material, el segundo fue el despojo jurídico y el tercero el uso productivo de los predios».Fuente: Dirección Territorial de Antioquia de la Unidad Administrativa de Gestión de Restitución de Tierras Despojadas, 2016, p. 8.

Tomada de Sin mascar palabra, por los caminos de Tulapas pag 31.

La violencia e injusticia que se vive en las zonas campesinas y rurales de Colombia, es derivado por la ausencia de Estado, la avanzada del paramilitarismo, las guerrillas y el ejército que se han apoderado casi por completo del control de los territorios. Parte de esto es narrado en ambos libros, que habría que decirlo, no surgen como la mayoría de cómics de la ficción y con propósitos más «ligeros»,  sino desde la evidencia gráfica y textual de una ardua  investigación, documentación y acercamiento a las víctimas del conflicto armado con la finalidad de sacar a la luz y de alguna manera reparar por lo menos simbólicamente todo el sufrimiento causado. Para inferirnos, en pos de que esto no se vuelva a repetir, lastimosamente sabemos que no es así, pero es importante dimensionar como sociedades latinoamericanas la magnitud e inescrupulosa violencia y falta de empatía con la que por muchos años se trataron estas problemáticas. Son innumerables los investigadores, periodistas de campo, defensores de los derechos humanos y civiles, artistas, así como testigos en primera persona los que han posibilitado la construcción de estos documentos gráficos, que ante todo son evidencia palpable de la situación que vivió y vive Colombia.

David Andino
David Andino
Quito, 1991, artista visual , que desde las prácticas experimentales indaga en la posibilidad de evidencias los complejos fenómenos que constituyen "la realidad" sin dejar de lado el desarrollo y la búsqueda personal de aquello que podrías llamar el ámbito de lo técnico. Prácticas como el arte comunitario, procesual y colectivo, son recursos a los que acude para desarrollar sus propuestas.
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