Deconstruir la historia

Entrevista a Francisco Peláez

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Narrar la idiosincrasia de los territorios resulta ser un ejercicio de introspección para los creadores; ahora, burlarse de ella y cuestionarla significa entrar a un terreno fangoso en donde nadie saldrá librado. Francisco José Pélaez Restrepo (1984) como Don Quijote de la Mancha ha batallado con la ficción, con las posibilidades de los sucesos y su cercanía con la realidad, en especial, con la historia de su región, Antioquia. Su gusto por explorar los mitos fundacionales y el costumbrismo de forma satírica constituyen  su obra. 

Francisco o Carnícula, su seudónimo,  estudió Negocios Internacionales en EAFIT pero su gusto por el dibujo lo llevó a cursar también el pregrado de Artes Plásticas en la Fundación Universitaria Bellas Artes.  En sus redes sociales deambulan tiras cómicas como La leyenda del Anís, El peso de los pétalos, Las cuitas de Saltoatrás y Mario Léntulo PhD. Sin embargo, su primer trabajo de largo aliento es Revisión a la historia, libro ganador de la Beca de Creación en novela gráfica o cómic de la Alcaldía de Medellín en el 2017.  

El dibujo de líneas confusas y enredadas de Francisco concuerdan con el sinsentido de sus historias que se adentran en una búsqueda incesante de humor ácido, un elemento que emerge con espontaneidad en sus historietas y las dota de ritmo. Tal y como dice el historietista Joni B en el prólogo de Revisión a la historia, Francisco es “Tomás Carrasquilla con síndrome de Asperger, es un aristócrata pobre, un emperador sin imperio: su Majestad Imperial (…). Pacho es un desmadre, y hay que agradecérselo”. 

Tu formación profesional ha estado enfocada en las Ciencias Estratégicas y en las Artes Plásticas, ¿cuándo te interesaste por las historietas?

Empecé a estudiar Artes Plásticas en el 2011, antes había estudiado pintura al óleo en una escuela con el pintor Fernando Ramírez, con él aprendí a pintar al óleo a los 16 años.  Con mis hermanos y mis primos íbamos a Bellas Artes, ninguno salió dibujante ni haciendo nada parecido, a mí me quedó gustando, no sé porqué. En el 2008 llegué a las tiras cómicas de a poco, tengo cierto perfeccionismo para no publicar cualquier cosa en cualquier parte, hice la historieta más seria, se llama Aquí están las vinajeras, en el 2007, la imprenta de biblias más grande del mundo se quebró, entonces, se me ocurrió con un amigo  de infancia, Eutimio Pérez, que había unos curas que le echaban la culpa a los autores de libros de autoayuda y formaban una inquisición. 

Había estudiado otra vaina distinta, relacionada con contabilidad, es como una esquizofrenia rara porque desde antes sabía que yo servía para el dibujo y para escribir, pero estaba claro que eso era una sentencia segura de aguantar hambre y de vivir maluco. Por siete años no volví a dibujar, a mí me gusta el dibujo porque en cualquier parte con una hojita y un lápiz se puede hacer algo que valga harto la pena, porque la pintura es más aparatosa. Hacia el final de la carrera de Ciencias Estratégicas, volví al óleo porque la idea era convertirme en un pintor dominguero y entrar a trabajar en el Grupo Empresarial Antioqueño o a un banco, pensaba jubilarme para ser un pintor de todos los días. El plan no funcionó, fueron muchos años llenando hojas de vida y nada, entonces dije “bueno, pongámonos a dibujar, hay gente que vende esa vaina muy cara y al menos, hacemos algo”. 

Lo que tiene de bueno el dibujo es que usted se puede ir para la calle y plasmar todo lo que ve, en el momento en que estuve pasando hojas de vida, pasaba mucho tiempo sentado en salas de espera, por ahí, haciendo nada o fingiendo que hacía algo, había muchas caras, yo las dibujaba. Sobre todo, me considero retratista.

Trabajos como Revisión a la historia, La Leyenda del Anís, El Peso de los pétalos, Las cuitas de Saltoatrás recuerdan las narrativas de Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo e incluso, desde lo estético, a Francisco Cano, Thomas Ott, Robert Crumb, Gustave Doré, ¿cuáles son sus referentes artísticos?

Mis referentes en todo lado han sido Goya y Rembrandt. En 2011 encontré a Robert Crumb y quedé maravillado con él. También me gustan Pieter Brueghel el Viejo, William Blake, los Hermanos Hernández y Gipi, el italiano, que es una chimba. Uno de mis referentes más importantes es el teatro, le recomendaría a cualquier artista que empezara por la experiencia de subirse a un escenario porque le cambia a uno la vida, uno no solo aprende a manejar el cuerpo, a caminar y a ubicarse en el espacio, también aprende a transmitir emociones con la cara.  Estuve en un grupo de teatro en EAFIT, la profesora que nos entrenó nos decía que la repetición es la madre de la perfección, yo creía que eso era fácil de entender. También tengo como referentes muchas imágenes de porno y la calle que es una selva de cemento. Uno encuentra cosas en todo lo que ve, uno se bloquea y deja de ver, en todo hay en qué inspirarse, la vida es muy estúpida y ofrece muchos ejemplos para sacar historias. La vida es una fuerza de destrucción, simplemente pasa y no le importa qué es lo que deja atrás. 

La leyenda del Anís. 
La leyenda del Anís.

¿Cuáles son las técnicas predilectas en tu trabajo como historietista?

En casi todas mis historietas trabajo en blanco y negro, tengo la convicción de que es mejor porque me gustaba el dibujo, la trama a lapicero, que se noten las capas y que se note la carne. Me parece que esta técnica transmite cierta expresividad. En una tira cómica en donde hay tantas cosas a que prestarle atención,  a veces el color resulta siendo un distractor. Ahora los dibujantes no tienen formación en artes, muchos de esos dibujos parecen señales de tránsito porque son muy planos. A mí me gusta que se note la carne. También me gusta hacer aguafuerte, en el 2015 empecé a usar acuarelas, para los géneros de aventuras me parece muy cuca, allá en la Edad Media era lo que utilizaban para iluminar los libros, me gusta esta técnica porque pienso que si una página me queda como un manuscrito iluminado, será el primer y último libro de autoayuda que voy a necesitar leer porque me devuelve el ánimo. El color juega un efecto emocional que es difícil de explicar, rompe barreras intelectuales. 

En su obra, hay una fijación por explorar lo mitológico y lo cosmogónico de los territorios, en especial, hay una búsqueda por la deconstrucción, ¿cómo ha sido trasladar las leyendas regionales al cómic?

Con Eutimio Pérez, hablábamos de que la mayoría de lo que le cuentan a uno en el colegio de la historia es pura mierda o es verdad pero está amañada a un gusto específico. Yo no soy historiador, pero veo muchas de esas series gringas en donde se toma algún periodo de la historia y lo utilizan para contar un punto de vista o incluso lo cambian del todo para explicar o poner una visión un poco moderna de las cosas, eso pasa con las novelas históricas o las de ciencia ficción, son lo mismo, nunca son del futuro ni del pasado, sino que son del presente y de cómo vemos al pasado y al futuro, de cómo ellos nos vieron, cómo nos vemos y los vemos. 

Mario Lénturo PhD.
Mario Lénturo PhD.

En Revisión a la Historia es notorio el interés por ahondar en otras versiones de lo que nos han contado sobre nosotros, abordan de una manera satírica el concepto de antioqueñidad, hay una burla constante por el chovinismo que podría presentarse en la región.

Con Revisión a la Historia queríamos hacer más flexible esa visión de “ay, no, es que el antioqueño que llevó en el cuello collar de arepas”. Ese es un imaginario que no necesariamente tiene que ver ni con la realidad de ese momento ni que corresponde solo a un tipo de persona, ni a todos nosotros los que estamos aquí. De hecho, todavía se usa mucho ese símbolo, uno ve restaurantes con el arrierito ahí montado, pues cuando esta sociedad tan digamos urbanizada, ¿uno a qué horas se puede identificar con un arrierito? Aquí se ha exacerbado ese imaginario del antioqueño con el bigote y el sombrero que es muy conseguidor. Yo vivo aquí, no voy a vivir en otro lugar, ya he tratado de irme mucho y no lo he logrado, a lo mejor, me tocará morirme aquí, entonces, había que construir otra imagen distinta con la que uno pudiera comulgar más. Esto hubiera seguido siendo un pueblo y aquí era muy difícil de llegar si no fuera porque los empresarios de ese momento construyeron un ferrocarril. Esto empezó a convertirse en el tipo de ciudad que es ahora, aún así, no ha dejado de ser un pueblo. Pues, el tipo de sentimiento  cristiano-religioso-rezandero está muy metido, todos muy pegados de una iglesia y de los valores tradicionales, y en el fondo, de una doble moral, eso siempre esconde un mundo de cosas. 

Ahora, la imagen de que el antioqueño es muy trabajador es relativamente reciente, aquí cuando llegó Juan Antonio Mon y Velarde, el oidor, pensó todo lo contrario y lo escribió así “pues, esta gente es muy perezosa, muy echada, muy dormida”, ese cura incitó los cultivos de café aquí, es una persona importante en la historia de esta región. Todos los mitos fundacionales son construcciones más que cosas que hayan sucedido, tienen que ver más con nosotros que con lo que pasó atrás, entonces, a veces, pensar sobre esas cosas es pensar sobre uno mismo, sobre quién soy yo, de dónde vengo y para dónde voy.

Revisión a la historia.
Revisión a la historia.

¿Cómo ha sido la recepción de tus cómics en Medellín?

Me dicen que tienen muchas letras, más de uno me ha dicho: “ey, vos no esperás que yo me lea todo ese ladrillo”, y que era poco literario. Con lo de la beca, al hacer Revisión a la Historia, escuché por ahí que me decían que eran unas historias muy inocentes, me dio berraquera pues. Hay gente que le gusta, pero no, otra se ha cagado de la risa con algunas cosas, esa es la mejor reacción, muchas personas se han sentido ofendidas. Tampoco es que haya sido mucha la gente que las haya visto, también les es indiferente, como cuando le pasan un papelito del tarot, más o menos así. 

En tus historietas hay un relación especial entre el texto y la imagen, ¿qué tan indispensable es el equilibrio entre estos elementos? 

Uno debe sentirse implicado con la historia, ¿cómo se logra esto? presentando un personaje e ir avanzando hacia un orgasmo, si hay dos es porque la historieta es muy buena.  A uno le preguntan si el dibujo es importante, hay gente que dice que lo importante es narrar la historia. Pues a mí, si un dibujo no me cautiva, no lo leo. A uno le preguntan qué es lo más importante y yo diría que eso debe ser un balance, es como una carreta o como si usted va en una moto y le dijeran “¿qué es más importante, la llanta de adelante o la de atrás?”.  Hay que mirar si los elementos cumplen su función, el equilibrio entre dibujo y letra debe estar, Will Eisner decía que no debían de haber más de 25 palabras en un globo, si eso es una regla a cumplir a rajatabla, no sé, si la narración lo requiere, puede ser. Lo que pasa con las letras es que igual ocupan espacio. Es como si su casa fuera del tamaño de un salón y usted en el centro de su casa, tiene un piano de cola, no puede meter la cama ni tener una cocina,  si usted no sabe tocar el piano pues eso es un estorbo y se jodió, pero lo sabe tocar, a lo mejor es todo lo que necesita.

¿Has sido censurado o te has autocensurado en algún momento al crear sus historietas?

Hay autores que escriben historias profundas sobre cómo el polio de su hermanito marcó su vida y hay autores que quieren escribir En busca del tiempo perdido, no todos somos así, la verdad. A uno a veces lo censuran, en general, la gente lo mira a uno raro. A mí no me chocaba que dijeran que yo era un caricaturista porno en ciertos concursos, me parecía lo justo, pero empecé a notar que utilizaban eso para alejarlo a uno en las Becas de Creación para calificarlo mal o para decir “estás en el grano de lo grotesco”.  Que lo censuren a uno, se lidia con eso, no importa. Yo sigo en lo que creo, el problema es que a veces, uno llega a interiorizar esa censura, empieza a oír en la cabeza todas estas pendejadas que ya le han dicho y llega el momento en que uno no quiere ver nada. Se pierde mucha potencia, yo había empezado con ganas de comerme al mundo y ahora no, a duras penas, me como el desayuno. 

¿En tu caso es posible afirmar que puede subsistir con el dibujo? 

Dicen que el dibujo es una herramienta de ascenso social. Para uno que dibuja tiras cómicas,  no tengo idea, todos queremos creer que sí pero eso es como con la fe. Supongo que es cosa de encontrar la forma, eso no es sencillo, usted ve que en el periódico dice “ay, es que desde Planeación Nacional, salió un informe que dice que hacen falta como 8.000 abogados para cubrir todos los puestos que hay”. A pesar de que hay un mundo de abogados desempleados o que faltan 20.000 médicos, nunca va a salir un artículo que diga “ay, es que en Planeación Nacional encontramos que hacen falta 15.000 artistas plásticos”, antes con uno que haya entre 10.000 ya es mucho, ya son demasiados. Mejor dicho, el mundo no nos necesita, ¿sí?

Parte de estudiar una carrera es tratar de explicar su existencia, en este caso, las Artes Plásticas, básicamente son once semestres de eso. La verdad es que no hay justificación y piénselo así, el mundo no necesitaba la Novena Sinfonía de Beethoven, a nadie le interesaba, el mundo pudo haber seguido muy campante sin esa obra; pero ahora que existe y la hemos escuchado, la verdad, creo que no se podría vivir sin ella, el mundo sería un lugar más pobre sin esa obra. Esa área es completamente prescindible y en ese sentido, probablemente, uno está abocado a morirse de hambre, pero ya después de hecha y de que la gente sienta que tienen necesidad o de que le comunique alguna cosa, tal vez, uno sí pueda vivir de las tiras cómicas. Ese es el caso de Condorito y de un mundo de cosas que se han hecho y otras que se hicieron y fueron unos fracasos, pero que con el tiempo, resultó que sí hacían falta, se rescataron y hoy se miran con mejores ojos. Ese es un tipo de problema que es de resolución a mediano o a largo plazo. 

¿Qué percepción tienes del conjunto de personas que se dedican a crear historietas en la ciudad y en Colombia?

Hay gente muy querida pero no hay una agremiación en Medellín. La gente cree que agremiarse es verse mutuamente todos los sábados. Rico ir a fiestas y compartir, uno se siente bien, menos solo y todo; pero una agremiación es una cosa muy distinta, por ejemplo, en Estados Unidos existían los sindicatos de caricaturistas de periódicos, por ejemplo Bill Watterson, él no trabajaba para un solo diario, el sindicato cogía las historietas y se las vendía a uno o a varios periódicos, en ese sentido, Watterson pudo ser conocido en Estados Unido. La agremiación se encargaba de los negocios, uno por lo general no tiene  idea de derechos de autor, a uno lo pueden tumbar con eso, uno podría tener un sitio donde haya una biblioteca o un abogado que uno pueda consultar en ese tema, sobre las tarifas, saber cobrar.  

Ya en cuanto a la calidad, resalto el trabajo de Dani de Medellín y el de los hermanos de La Piquiña [fanzine de historietas sobre la zona nororiental de Medellín]. Hay  gente en muchas partes, uno no se da ni cuenta, hay entusiasmo. Probablemente, también influya la mediocridad de la oferta laboral, mucha gente dirá, “esta ciudad no tiene nada que ofrecerme y a mí me gusta dibujar, pues dibujemos, ¿para qué voy a perder el tiempo cumpliendo exigencias que fuera de eso no van a ser retribuidas?”. En Estados Unidos o en Europa se conserva lo que se hizo y sobre eso, se construye. Aquí más o menos, es como si usted estuviera en la playa escribiendo cualquier cosa como “ayuda”, entonces, llega una ola y la arena está otra vez como si nunca se hubiera escrito nada. Aunque hay tantos comiqueros, a veces, es como si no hubiera ninguno; pero es un espejismo, simplemente es que no hay donde salir. No es que no exista, es que no lo puedo ver. 

Las cuitas de Saltoatrás. 
Las cuitas de Saltoatrás.

¿Se puede hablar de cómic colombiano?

Estamos todos aquí pero no nos vemos, aquí no quedó nada para la posteridad. Decir que hay tradición, pues no, es como que las tiras cómicas fueran una fiesta muy grande en una casa, de esas en donde venden caviar y langosta, hay de todo, va el presidente y el gobernador; pero Colombia, nosotros, llegamos a las tres de la mañana cuando la señora rica se ha vomitado encima de la torta, los pasantes buenos se acabaron y lo único que hay son galleticas,  quedan los sobrados. Ya están sirviendo el vino barato y ya están poniendo la música maluca para sacarlo a uno, de hecho, ya están prendiendo las luces.  

Si quisieramos  formar una tradición, pues, ya está un poco tarde, aunque hay un dicho chino: “el mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años, el segundo momento mejor es ahora”. En ese sentido, se hace lo que se tiene que hacer y no se piensa en mayores cosas. Construir una tradición no solo tiene que ver con que haya dibujantes muy buenos, pues están ahí regados, a veces nos vemos; pero no pasa de ahí, formar una tradición va mucho con que haya instituciones, me refiero a cosas que sean capaces de conservar la memoria, escribir sobre los historietistas… Habrá el que diga “es que el cómic de acá es muy malo”, pero estamos exigiendo perfección, profesionalismo, que todos sean Leonardos cuando ni siquiera estamos dándoles mayor cosa. 

En cierto modo, hay una cosa que disfrutamos aquí del hecho de que no haya nada y que esto sea un desierto completamente, hay  cierta libertad de hacer lo que uno quiera, que no tendría un japonés o un estadounidense en su momento. Por otro lado, no hay trabajo, no hay forma que de que vayamos a una empresa y nos den trabajo. La única opción es que uno haga una tira, resulte que alguien la vea y se vuelva un hit, pero casi que es un trabajo hecho con las uñas porque tampoco hay revistas donde publicar. 

¿Qué tan necesaria es la profesionalización en la creación de cómics? ¿Ser historietista es un oficio, una profesión? ¿Qué piensas de esto? 

Toda la gente es la misma igual, entonces, para que en el mundo laboral se consigan puestos de trabajo, tiene que hacerse uno diferente de los demás así como soy, la gente asume a veces sacrificios para lograr ese tipo de atención, uno de esos sacrificios es ir a estudiar a la universidad. 

No le veo sentido a una carrera, me parece que si alguien se quiere educar, es más fácil que consiga cursos cortos de las materias que necesita como de Elaboración de guiones, Photoshop, hay muchas cosas como Domestika. Una carrera universitaria es básicamente eso, una homogenización solo que uno no sabe para qué empresa va a trabajar, ni tiene garantías ni sabe qué está homogenizado. Ahora como el cómic está cogiendo mucho auge, parece que lo aceptan y hasta lo enseñan por ahí pero cuando estudié no era así. En la universidad piden que uno explique las cosas pero con las tiras cómicas no es así, se explican por sí solas, uno qué más necesita. 

Creo que debe haber un tipo de educación más por el estilo del Sena o en Domestika pero no una universidad. Yo empecé a estudiar Artes Plásticas porque pensé que lo de las historietas no iba para ningún lado. Lo de las historietas se me ocurrió a mí porque en la carrera, eso lo tratan de desestimar mucho, no sé cómo estará ahora, pero en su momento, la mayoría de profesores hacían performancia o ensambles, ya cuando uno hacía historietas, le decían como [engrosa la voz] “ay, sí, muy bueno y todo pero esto tan tradicional, ¿no has tratado de explorar algo más conceptual?”. Yo pensaba, “no, a mí me interesan estas cosas, no estarse cuestionando tanto por qué, para qué o a quién le van a servir, a lo mejor, nadie, pero no me importa, las quiero seguir haciendo”.  

Melissa Orozco
Melissa Orozco
Comunicadora social y periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Hizo sus prácticas profesionales en la sección Medellín del periódico El Tiempo, apoyó en la redacción de artículos para la versión impresa y digital de este medio de comunicación. Ha apoyado procesos de promoción de lectura del noveno arte en la Biblioteca Público Barrial La Floresta y el Parque Biblioteca José Luis Arroyave, San Javier.

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